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domingo, 12 de julio de 2015

Pensamiento del día, 13-7-2015



«Recuerdo bien
aquellos cuatrocientos golpes de Truffaut
y el travelling con el pequeño desertor,
Antoine Doinel,
playa a través,
buscando un mar que parecía más un paredón.
Y el happy-end
que la censura travestida en voz en off
sobrepusiera al pesimismo del autor,
nos hizo ver
que un mundo cruel
se salva con una homilía fuera del guión.
Cine, cine, cine,
más cine por favor,
que todo en la vida es cine
y los sueños,
cine son.

Al fin llegó
el día tan temido más allá del mar,
previsto por los grises de Henri Decae;
cuánta razón
tuvo el censor,
Antoine Doinel murió en su domicilio conyugal.
Pido perdón
por confundir el cine con la realidad,
no es fácil olvidar Cahiers du cinéma,
le Mac Mahon,
eso pasó,
son olas viejas con resacas de la nouvelle vague.»
 (Luis Eduardo AUTE GUTIÉRREZ; Manila, 13 de septiembre de 1943. “Cine, cine”, publicado originalmente como segundo corte del disco Cuerpo a cuerpo, 1984; luego publicado como decimoctavo corte del Volumen 1 de sus Autorretratos; y, en versión catalana, como undécimo corte del disco Auteclàssic que le dedicara 
Joan Isaac, 2009.)
Acabo de cerrar la puerta de salida (que lo es también, simbólicamente, de emergencia) de la Sala 3 de los Cines Centro de Gijón en la última sesión de su último día...  Lo he hecho envuelto en una mezcla de nostalgia por el adiós y el delicioso esplendor del cierre de la trilogía de Roy Anderson sobre la existencia humana, La paloma que se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014)... ¿Qué mejor, para un acto de despedida como ése, que una sutil mezcla de existencialismo bergmaniano, surrealismo buñuelesco y comicidad minimalista Tatiana?, ¿qué mejor que esa áspera incitación al rastreo del sinsentido del devenir humano capaz de tomar tierra en el dolor del presente europeo desde las pinceladas de horrores pasados y la peripecia cotidiana de quijotescos personajes, Sam y Jonathan, vendedores de artículos de broma que, a través los pausados y banales avatares de su cotidianidad, nos sitúan ante los absurdos y despropósitos de la vida moderna, del mundo presente, del aquí y el ahora, de nosotros mismos.
Es decir, provocan nuestra sonrisa más doliente como un grito casi desesperado ante las sombras de la existencia misma... Algo totalmente oportuno, diría idóneo, para situarnos frente al cierre de aquel proceso que emp0ezara con el preludio de la invasión de los blockbusters de la mano de Spielberg y Lucas, de sus tiburones y sus guerras galácticas... Mientras la televisión cambiaba los hábitos de ocio (sobre todo de las llamadas “clases populares”) y desde Europa apenas se acertaba a responder con el juego de trileros de la explotación más burda, pobre y descarada... Así que comenzaron ya entonces a cerrarse los cines de pueblo, los de barrio y, poco después, las grandes salas de exhibición (¡aquellas colas ante las taquillas del Cine Robledo, el María Cristina o el Arango!)... Y a abrirse multisalas en grandes superficies comerciales (para vender cine como se venden zapatos, refrescos de cola o patatas) que eran controladas por las grandes distribuidoras transnacionales de la industria cultural.
Los Cines Centro eran multisalas, sí, pero pertenecientes a un circuito que era el último resquicio de resistencia en Asturias (antes habían cerrado los Hollywood en Gijón, los Brooklyn y los Clarín en Oviedo, los Marta y María en Avilés, todos de la misma matriz), una empresa local que, unida a emblemas estatales (como los Golem, antiguos Alphaville, madrileños), todavía trataba de mostrar que seguía habiendo un cine más allá de los blockbusters hollywoodienses.
Pero, claro, los hábitos siguen cambiando y, con independencia del debate sobre la posible masa crítica de víctimas de cinefilia capaces de mantener un esfuerzo de exhibición “a la contra” de ese tipo, una parte importante de cineheridos ya prefieren usar las grandes y nítidas pantallas HD que, aderezadas con home cinema, llenan las “salas de estar” en sus hogares.
Así que la batalla de la exhibición está perdida y el cierre de los Cines Centro es la rendición simbólica que completa un proceso de cuarenta años... Tal vez, contando con los nuevos medios digitales, otro cine sea aún posible (incluso hay síntomas de que la televisión, el viejo enemigo mortal, puede ser ahora un refugio); pero no ya, desde luego, para ser exhibido en salas comerciales.
¿Qué será de los personajes como Antoine Doinel, Sam o Jonathan si no pueden colectivizar sus peripecias en ese tipo de salas?... ¿Qué será de nuestros sueños colectivos si el cine se convierte en un vicio de disfrute privado?.
Nacho Fernández del Castro, 13 de Julio de 2015

sábado, 8 de febrero de 2014

Pensamiento del Día, 8-2-2014



«El enterrador, luego de mirar todo aquello con desconfianza, levantó la vista hacia el cortejo. [...] Estarían aquellos vagabundos preparándole una broma. La de sostener al muerto de pie, por ejemplo, a fin de que se viese obligado a entablar relaciones directas...»
(Armonía SOMERS, pseudónimo literario de Armonía Liropeya ETCHEPARE LOCINO; Pando, Uruguay, 
7 de octubre de 1914 – Montevideo, 1 de marzo de 1994. “El entierro” en La rebelión de la flor, 1992.)
A veces, cada día con más frecuencia, tenemos la sensación de deambular por un mundo lleno de situaciones grotescas, cuando no francamente surrealistas, en las que alguien está “quedándose con nosotros”, preparándonos una broma, haciendo burla de nuestra propia estupefacción.
Y no es raro...  Entre tanta videocámara de vigilancia y tanto Gran Hermano  digital, el mundo se va convirtiendo en una especie de cámara oculta permanente.
Y víctima cada cual a su modo de la opresión globalizada, vagabundos perdidos en el caos postmoderno, apenas si acertamos a consolarnos mofándonos del desconcierto de los demás, también atolondrados vagabundos. Universalmente forzados, en fin, a pervertir todo contacto humano hasta convertirlo en torpe befa interesada, absurda relación con seres aparentes, esencialmente muertos.
Nacho Fernández del Castro, 8 de Febrero de 2014

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Pensamiento del Día, 11-9-2013



«Cuando la atmósfera familiar se hizo irrespirable me escapé de casa y durante algunos años estuve recorriendo el mundo y olvidando mi verdadera identidad en insensatas aventuras.
Hace un año, agotada ya toda la pirotecnia juvenil, decidí regresar al hogar para postrarme a los pies de mi anciano padre. Fue un reencuentro emocionante. Reconocí su voz de bajo profundo y me pareció que conservaba toda su riqueza tímbrica, pero advertí que pronunciaba las erres de un modo distinto, al estilo francés, como si tuviese algún defecto congénito en las cuerdas vocales que yo, sin embargo, no podía recordar.
Soltó unas cuantas lágrimas que se sorbió luego con la punta de la lengua, en un rapidísimo movimiento reflejo que yo tampoco le recordaba, y me confesó que durante los últimos años su miopía se había agudizado notablemente, hasta el punto de que ni siquiera con la ayuda de los más gruesos cristales era capaz de leer los titulares de los periódicos.
-De hecho -me confesó-, me paso los días encerrado entre estas cuatro paredes, sentado junto a la ventana, sin poder distinguir las fachadas de las casas de enfrente.
-Padre querido -le dije-. También mi miopía ha empeorado durante estos últimos años, pero te juro que no ha sido eso lo que me ha hecho regresar. Abandoné esta casa con la vana pretensión de conquistarlo todo y hoy regreso decepcionado de lo que he visto por esos mundos de Dios.
-Seguro que has sufrido mucho -suspiró, desde lo profundo de su silencio-. Eso se nota incluso en tu voz, que también parece distinta.
Me senté a su lado y, con prisas (como tratando de recuperar el tiempo perdido), empezamos a trazar planes para el futuro.
Me dijo que pensaba recuperar su negocio (que había arrendado algunos meses antes a unos parientes lejanos, de los que no había oído hablar nunca), y que sería yo, su amado hijo pródigo, el encargado de darle nuevos impulsos.
-No será tarea fácil –me advirtió-, porque durante estos últimos años han cambiado las cosas. Los fumadores se han acostumbrado a los cigarrillos hechos y apenas compran papel de fumar.
Se dolió de que, prácticamente hubiesen desaparecido ya todos aquellos fumadores de otros tiempos, capaces de pasarse diez minutos liándose un cigarrillo.
-Tienes razón -reconocí-. Aquellos litúrgicos fumadores de antaño desaparecieron. La gente fuma ahora de un modo espasmódico. Sólo los más jóvenes recurren de vez en cuando al papel de fumar para liarse alguno de esos cigarrillos especiales. Pero ¿qué tiene que ver todo eso con tu negocio?.
-¿Cómo? -se extrañó mi padre-. ¿Has olvidado acaso nuestra pequeña fábrica de papel de fumar?.
-Claro que no -le mentí, preocupado por mi falta de memoria.
Lo cierto es que cuando abandoné mi hogar, mi padre regentaba un pequeño taller de relojería, en el que trabajaban además otras dos personas. En aquel momento, sin embargo, preferí no hacerle preguntas al respecto. Fui a la cocina, puse la cafetera en el fuego y cinco minutos después regresé al comedor con una taza de café humeante.
-Por lo menos –le dije, echando en la taza tres terrones de azúcar-, no he olvidado que te gusta el café bastante dulce.
-Nada menos cierto -replicó mi padre-, Siempre lo he preferido amargo, ¿También te has olvidado de eso?.
Rechazó la taza que le ofrecía y volvió a hablarme de su fábrica de papel de fumar. Apuntó la posibilidad de venderla para montar otro negocio más acorde con los nuevos tiempos. Yo seguí sentado a su lado, tratando inútilmente de recoger en el aire de la habitación algún perfume que me resultase familiar. Mientras daban las cinco de la tarde en el reloj de pared sonó con insistencia el timbre de la puerta.
-Esa es Matilde, la enfermera –anunció mi padre-. Seguro que te acuerdas de ella. Hace veinte años que viene cada día a esta casa.
Distinguí en el centro de la estancia la silueta de una mujer vestida de blanco que esparcía a su alrededor un fuerte olor a alcanfor.
-Mi hijo ha vuelto –insistió mi padre, como si no hubiese oído a la enfermera-, y hoy, por fin, mi vida vuelve a tener sentido.
Comprendí en ese instante que aquel anciano no era mi padre y que, seguramente, me había equivocado de piso. Me dije que tal vez en aquel inmueble vivían otros padres miopes que, desde hacía años, aguardaban también el regreso de otros hijos miopes.
Supe luego que mi verdadero padre, que vivía precisamente en el piso de abajo, había fallecido tres años antes susurrando mi nombre. No quise, sin embargo, renunciar al padre que me brindaba el destino y continué en mi nuevo hogar pese a la sorda oposición de la enfermera. Aquella mujer, por suerte, falleció hace un par de meses, antes de que pudiese convencer a su paciente de que yo no era el hijo que había estado esperando durante tantos años.»
(Javier TOMEO ESTALLO; Quicena, Huesca, 9 de septiembre de 1932 – Barcelona, 22 de junio de 2013. “El reencuentro” en Problemas oculares, 1990.)
El mundo es más bien surrealista...
Nos lo contaron de formas muy diversas Franz Kafka, Thomas Bernhard o Luís Buñuel. Y nos lo contó también, de un modo muy singular y propio, Javier Tomeo con su literatura absolutamente imaginativa para crear un primado del valor de la perspectiva sobre el mito de la objetividad, con su apuesta por la parábola abierta frente a un naturalismo unidimensional, con su exaltación del absurdo en los ámbitos más cotidianos a partir de la parsimoniosa acumulación de los detalles ilógicos que jalonan la supuesta lógica de nuestra propia vida, con su minimalismo deslumbrante obsesionado con la incomunicación...
Porque, en realidad, ¿qué cosa es nuestra vida sino un encuentro de extrañezas que, de vez en cuando y por razones muchas veces insospechadas o inconfesables, se acomodan?, ¿qué marca nuestro devenir sino la acumulación de casuales disparates que acaban por configurar una situación personal, un estado de ánimo, una tendencia de conducta, un carácter?, ¿a qué llamamos suerte (o desgracia) sino al azar sobrevenido que alimenta nuestra comodidad (o la destruye)?...
En estos tiempos de crisis/estafa en los que cada cual se las apaña para llorar como puede, sin gran capacidad de propuesta ni respuesta colectiva, conviene hacerse consciente de todo esto... Aunque sólo sea por animar la sugerencia abierta frente a tantos discursos ajados, la lucha contra las dictaduras reales y simbólicas del presente frente a la común sumisión, la exploración de los absurdos de nuestro tiempo frente al chapoteo en los lodos de la sociedad de la (in)comunicación... Y no podemos esperar mucho más tiempo.
Quien, como Frantz Keller, aportara en los años cincuenta del pasado siglo algunos ejemplos de literatura popular (del oeste o de terror), ya no podrá seguir haciéndolo... Pero nos deja su obra madura como guía sugerente...
Porque, a fin de cuentas, el mundo es más bien surrealista.
Nacho Fernández del Castro, 11 de Septiembre de 2013