El
Martes,
18 de Diciembre de 2018, a las 19’30 horas,
el
Centro Municipal Integrado de El Llano (c/ Río de Oro, 37- Gijón),
desarrollará la sesión mensual del Foro Filosófico
Popular “Pensando aquí y ahora”
para cerrar su programación del Tercer
Cuatrimestre de 2018 abordando el tema «La filosofía ante la degradación del terreno aquí y ahora: ¿A
dónde iremos cuando ni siquiera podamos “tener los pies en el suelo”?»... La sesión se plantea como reflexión
general y concreta que, partiendo de la vivencia de un multiculturalismo teritorial y geográfico que, pese a unir al ser
humjano con el terreno que habita a través de sus hábitos y costumbres, es cada
vez más residual (rural/urbano, secano/humedales, aislamiento/hipercomunicación,
periferia/centro,...) ante las presiones
homogeneizadoras de nuestras sociedades
urbanitas, sea capaz de someter a crítica
los diversos tratamientos y propuestas políticas
de transformación del territorio que suponen, de hecho, procesos personales y
colectivos de pérdida de identidad,
extrañamiento y, en general, exclusión…
Así, hechos como la
pérdida de la mitad de los humedales existentes en España durante el siglo XX
(que unidos a una deforestación especulativa llevan a la progresiva
desertificación del territorio) tratan de paliarse “políticamente” mediante la
inmersión (y desaparición) de cientos de pueblos en embalses y pantanos
artificiales que llevan al extrañamiento de decenas de miles de personas y al
riesgo de desaparición de formas de vida
bien integradas en el antiguo territorio. Un extrañamiento forzado y un verdadero etnicidio que refleja vívidamente, por ejemplo, la novela de Julio
Llamazares (nacido en Vegamián, pueblo sumergido en el pantano del Porma en
1963) Distintas formas de mirar el agua (2015)...
Porque, a
fin de cuentas, la pérdida de diversidad etnológica se ha
convertido ya en una de las constantes
culturales en nuestras “sociedades de progreso”… Cada día desaparecen (o
son relegadas a lo marginal, a la periferia del mundo, a la condición de
“cultura en peligro extinción”, tal como muestra con su apuesta directamente
fragmentaria y “marginal” el Colectivo Los Hijos en su recorrido por Riaño –Los
materiales, 2009-) más y más formas
de vida ligadas al equilibrio del ser humano con la naturaleza, con el terreno,
para ser violentamente sustituidas (tras abruptos cambios del paisaje y sus usos por un sistema de explotación y consumo depredador de recursos naturales y
humanos) sólo por las costumbres que tengan cabida en el gran mercado global, o dicho de otro
modo, que sean susceptibles de facilitar la generación de negocio.
Las
abruptas transformaciones del paisaje (ese “llevar
el río al desierto y traer el desierto
al río” del que sarcásticamente habla algún chiste de El Roto) no sólo
agreden irreversiblemente la naturaleza (bajo formas extremas de deforestación,
desertificación, o pérdida de biodiversidad) sino que tambien suponen una
pérdida neta de esa etnodiversidad
que es un evidente síntoma de riqueza cultural
(una sociedad es indudablemente más rica, y está mejor preparada para
enfrentarse a sus retos, cuanto mayor sea la diversidad de formas de vida que atesora)... Y de ahí que resulte
tan urgente un análisis crítico las actividades humanas que, en su acelerada
demanda de materias primas y energía, en su galopante acumulación de residuos biodestructores, en su
creciente enfoque meramente especulativo del terreno, la ponen en grave riesgo
en nombre de un “progreso” que, sólo para unos pocos, se traduce en rendimiento
econónico inmediato, a costa de la aculturación
de colectivos enteros y la usurpación de recursos (irrecuperables en muchos
casos) a la inmensa mayoría (incluyendo a todas las generaciones futuras) y a
todo el planeta.
En
efecto, la relevancia de la etnodiversidad
no radica sólo (ni fundamentalmente) en sus aspectos culturales más curiosos y folclóricos, sino también (y, acaso,
sobre todo) en la capacidad especifica de la propia humanidad para enfrentarse a su supervivencia
a largo plazo… Su propia dinámica
evolutiva hace que “naturalmente” (en relación con el medio y sus cambios más o
menos drásticos) estén desapareciendo de continuo pequeñas formas de vida aplastadas por un patrón cultural homogeneizador que apenas incorpora de ellas
mínimos rastros comercializables (precisamente bajo la forma de folclore o souvenir más o menos exótico); pero la acción humana (desde las deforestaciones
o la depredación abusiva hasta la transformación de territorios o la emisión de gases que deriva en el calentamiento
global) acelera drásticamente los cambios en numerosos habitat hasta poner en grave riesgo los seres vivos que los pueblan (hasta poner en riesgo también colectivos
específicos de la especie humana y, en el límite, a ella misma como tal). En
suma, intervenciones que cuestionan severamente la propia relación del ser
humano con el resto de los seres vivos
(tal y como ya señalaba, en 1855, Seattle, Jefe de las tribus suquamish y duwamish, en su carta al
presidente estadounidense Franklin Pierce ante la demanda de sus territorios
que este le había hecho el año anterior, prometiendo crear una “reserva” para
su pueblo), poniendo en peligro la propia supervivencia…
¿Quiénes se preocupan hoy, aquí y ahora, por escuchar, extender, actualizar y
dar sentido práctico a las viejas reflexiones del Jefe Seattle?, ¿quiénes se
muestran dispuestos a exigir que las actividades humanas favorezcan la biodiversidad y la etonodiversidad en lugar de destruirlas?.. ¿Quiénes, en suma,
pueden y quieren dar el paso hacia una neva ciudadanía
global y responsable que anteponga la razón
humana (universal y diacrónica, pero local y concreta) a los intereses
coyunturales del beneficio inmediato para unos pocos?, ¿y cómo?
Pero
el caso es que, haga lo que haga la primera economía mundial, la contaminación
en sus diversas formas, el cambio climático, la deforestación y urbanización
irracionales, etc. acorralan y esquilman cada día más el legado biológico de la Tierra… Incluso ahora que la letanía de la crisis económica aún lo llena todo, con
su relativa contención del consumo que la supuesta recuperación anunciada sólo
logra reactivar muy lenta y débilmente, los reflejos en los medios de
comunicación social de múltiples y continuos “desastres medioambientales”
salpican nuestras miradas poniendo el énfasis sobre las acciones humanas que
los provocan o favorecen. Y, con ello, nos lleva a examinar las consecuencias
de la omnipresente crisis cíclica
sobre la implantación y sentido de las “políticas medioambientales” en las
agendas locales, nacionales e internacionales desde su voluntad de enfrentarse
a los problemas más allá de los intereses que pueden oponerse (eventual o
estructuralmente) a las mismas. Porque, de hecho, aparecerá una cierta bipolarización, en este aspecto, en lo
que se refiere al medio ambiente: por
un lado, las urgencias derivadas de los muchos agujeros a tapar en lo inmediato
se están aprovechando por el capitalismo
depredador para alentar una ya muy evidente postergación de los planteamientos medioambientales por
parte de las administraciones públicas; por otro, la debacle de la producción y
el consumo en el mundo económicamente
desarrollado y subdesarrollaante ha provocado una contención del
despilfarro energético y, consiguientemente, de la emisión de agentes
contaminantes, que ha resultado muy beneficiosa (o, en todo caso, menos
perjudicial) para el planeta (incluyendo, la irrupción de ciertas propuestas
públicas y, sobre todo, derivadas de la solidaridad
y la cooperación entre iguales que apuntan, más o menos decididamente, a modos de vida ecológicamente más responsables y sostenibles en su vinculación con
la naturaleza).
Y
es que hoy nadie es ajeno ya (salvo por un prurito de “santa ignorancia”) al
hecho de que la inmensa mayoría de la humanidad (sobre todo en el llamado Sur o, más bien, los países “económicamente subdesarrollados y
desarrollantes”; pero también en colectivos crecientes de desheredados del mundo rico, el llamado Norte o, más propiamente, los países “económicamente desarrollados y
subdesarrollantes”) padece situaciones de pobreza, malnutrición, enfermedad
y, en general, desprotección cercanas a la miseria…
En suma, cualquier ser humano, en función del lugar del planeta donde nazca,
puede estar seguro de encontrarse a la intemperie en un mundo lleno de riesgos
(allí donde nadie quiere vivir y, por eso, “está libre”) o, por el contrario,
bajo la acolchada, aunque ahora reducida, protección del público bienestar… Y la dichosa crisis
económica, lejos de los alientos iniciales de cambios en un sistema (el capitalismo
globalizador) con inevitables tendencias especulativas (catapultadas por la llamada revolución de las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación hacia una insoportable financiarización
de la economía mundial), parece claro que será (es) pagada, una vez más y
de forma más escandalosa que nunca (en pérdida de la ya menguada riqueza y
hasta de la vida), por quienes nada han tenido que ver en su generación... Los países económicamente desarrollados (y
subdesarrollantes) del llamado Norte,
mal que bien, atisban una salida afincada sobre las subvención de los grandes intereses económicos con dinero público, mientras
los países económicamente
subdesarrollados (y desarrollantes) del llamado Sur ven como se alejan las débiles esperanzas contenidas en los Objetivos del Milenio… Hasta la erradicación del hambre en ese mundo pobre sufre un nuevo aplazamiento,
mientras nuestro mundo rico se
refocila en políticas más refinadas (y excluyentes) para potenciar el imaginario de la propia seguridad (frente a la violencia de los
hambrientos o en la alimentación, que
todo es útil para una gestión del miedo
como instrumento de control social).
Así que
debemos plantearnos ¿cómo transformar hoy, aquí y ahora, nuestros hábitos para
no apoyar el expolio sistemático del
planeta (un expolio que sólo parece detenerse ante la inercial
“sacralización de lo humano”, pues permite alegremente hasta que las grandes
transnacionales agrarias se adueñen del patrimonio genético zoológico y
botánico y sólo pone barreras a que se haga lo mismo con el de la especie
humana)?, ¿cómo denunciar el sinsentido de nuestro modelo de crecimiento sin caer en la tentación de las débiles proclamas de “retorno a las cavernas” (o el temor a un nuevo medioevo, como de modo distinto y con distintas bases de
voluntad/modelo alternativo o colapso/apocalipsis, vienen apuntando Umberto
Eco, Furio Colombo, Francesco Alberoni y Giuseppe Sacco -Documenti su li nuovo medioevo, 1973-,
Georges Duby -An 1000, an 2000. Sur les traces de nos
peurs, 1995-, Jacques Le Goff -Un Autre Moyen Âge,
1999-, o Tammaso di Carpegna Folconieri -Medioevo militante. La politica di oggi alle
prese con barbari e crociati, 2011-)?, ¿cómo
forzar a esos políticos, que llevan las “Cumbres Ambientales” (del Cambio
Climático a las Especies Amenazadas) de fracaso en fracaso, a cambiar sus estrategias ligadas a intereses económicos
inmediatos en favor de la
Humanidad (presente
y futura)?... ¿Cómo armonizar, en fin, la posibilidad
(y extensión) de una “buena vida humana”, con el fomento de la diversidad biológica y etnológica entendido como respeto a la Naturaleza de la
que, inevitablemente, formamos parte?.
O, para decirlo con las propias palabras con
las que el Jefe Seattle terminaba su carta, «¿Qué
ha sucedido con el bosque espeso?. Desapareció… ¿Qué ha sucedido con el águila?.
Desapareció…. La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.»

























