
El
Centro Municipal Integrado de El
Llano (c/ Río de Oro, 37- Gijón), en la sesión del mes de Octubre-2019
(Martes, día 29, a las 19’30 horas), continuando con la Programación
del Tercer Cuatrimestre de 2019 de su Foro
Filosófico Popular “Pensando aquí y ahora”, abordará el tema «La filosofía ante las sombras del presente aquí y ahora:
Sobre resolución de conflictos y no violencia». La sesión se plantea como reflexión
general y concreta que ha de partir necesariamente de la vivencia cotidiana de
un multiculturalismo, diverso en su
origen pero siempre creciente en nuestras suciedades, que debe ser capaz de
someter a crítica los diversos tratamientos y propuestas políticas para
abordar dicho fenómeno y trascenderlo
en aras de un pluralismo que facilite
una convivencia enriquecedora… Porque,
en efecto, los países económicamente
desarrollados (y subdesarrollantes), el llamado Norte, se convierten en
un foco de atracción irresistible (fuertemente mediado por por el “espejismo” que pergeñan los nuevos mass media globalizados) para millones
de seres humanos que apenas pueden sobrevivir precariamente en los países económicamente subdesarrollados (y
desarrollantes) del llamado Sur … Esta migración económica, unida a otras de franco refugio frente a los estallidos del caos de este mundo en sus
territorios de origen, se suman al propio carácter plurinacional y poliétnico
de la constitución de los Estados-nación
contemporáneos, para convertir las sociedades del presente en un abigarrado
muestrario de diversidad humana, en
un ámbito radicalmente multicultural y
potencialmente generador de conflictos… ¿Cómo garantizar entonces, hoy, aquí y
ahora, el sostenimiento de la cohesión
social indispensable para una buena y próspera convivencia?, ¿cómo asumir, desde las naciones y culturas
hegemónicas, desde las “sociedades
receptoras”, la diferencia normativa,
radical en tantas ocasiones, sin renunciar a la esencia misma de su pluralismo constitutivo?. ¿Cómo asumir
por las naciones y culturas periféricas, por las “sociedades emisoras”, la frustración de sus aspiraciones y
esperanzas en una perpetuación de la
miseria relativa (y hasta absoluta)?... ¿Cómo armonizar, en fin, la tolerancia, como condición de posibilidad de la convivencia pluralista, con las tensiones fundamentalistas que, con uno
u otro signo, tratan de negarla?.



Resulta evidente la vinculación de estos planteamientos a la no violencia, como ideología y práctica
ético-política que rechazando el uso de la la agresión, en cualquier forma,
como medio para “cambiar las cosas” (bajo la convicción de que “todo acto violento genera más violencia”)
ha tenido éxitos históricos evidentes, como las luchas de Mahatma Gandhi en la
India (véanse sus escritos recogidos en castellano en Política de la No Violencia en 2008) o Martin Luther King (véase,
por ejemplo, su famoso discurso “Tengo un sueño”, pronunciado ante doscientas
mil personas en Washington el 28 de agosta de 1963,
https://www.elmundo.es/especiales/2013/internacional/martin-luther-king/texto-integro.html) en
Estados Unidos, o Desmond Tutu en Sudáfrica (véase, por ejemplo, su Sin perdón no hay futuro, con edición en
castellano de 2018) o el movimiento
sufragista que llenó en 1913 las cárceles inglesas con más de mil mujeres
(buena parte de ellas en huelga de hambre), o los movimientos que en la España
(y el mundo) de 2012 fueron respondiendo desde la desobediencia a los cambios
normativos restrictivos (en materia sanitaria, de vivienda, atención a los
inmigrantes, etc.) tras la crisis… Pero el propio Gandhi reconocía que, aunque «la violencia es el miedo a los ideales de
los demás», «si
hay violencia en nuestros corazones es mejor ser violentos que
ponernos el manto de la no violencia para encubrir la impotencia»; Martin Luther King advertía que «no habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el
negro tenga garantizados sus derechos de ciudadano: los remolinos de la
revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que
emerja el esplendoroso día de la justicia»; y Desmond Tutu nos apunta
claramente que «si eres neutral en
situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor»… Así que la
opción de la no violencia, por mucho
que pretenda (re)humanizar la sociedad, apostando por el poder de la vida para
afrontar los conflictos (al fin y al cabo el poder de los gobernantes depende,
en último extremo, del consentimiento de la población) señalando como la
legitimación de una “organización para la violencia” (que gasta tiempo y
recursos en generar una cultura de la guerra basada en valores etnocéntricos,
androcéntricos, de competitividad excluyente y destructiva) contribuye en el
fondo a desdibujar socialmente el quién y el por qué de las verdaderas víctimas
del sistema socioeconómico y político, por lo que difícilmente puede frenar, en
esta sociedad postpolítica del control
simbólico (completado con porras y togas cuando es menester), lo que ya
señalaba Herbert Marcuse (véase, por ejemplo, El hombre unidimensional de 1964, que tuvo edición en
castellano ya en 1965): «por muy pacíficas que sean o vayan a
ser nuestras manifestaciones, hemos de contar con que se les opone la violencia
de las instituciones» (ahí está la interpretación del
delito de sedición que hace el
Tribunal Supremo en su sentencia del
procès, que nos convierte, de hecho, a casi todos en sediciosos) porque, a fin de cuentas, «una
ausencia de libertad cómoda, suave, razonable y democrática, prevalece en la
civilización industrial avanzada» (como bien muestra la Ley Orgánica 4/2015, de 30 de marzo, de
Protección de la Seguridad Ciudadana, todavía en vigor). Y es que, por más
que se valore la potencia de los mecanismos tanto
voluntarios como condicionados de cohesión social, que se distinga entre la
persona y el personajes frente a la construcción de la figura del enemigo, por
más que se incida en la importancia de facilitadores de la inclusión frente a
la jerarquización social, se refuerce el valor de la legitimidad (material) frente a la mera legalidad (formal), por más que se adopte una perspectiva activa de
lucha social comprometida (con
métodos no violentos de rechazo y denuncia de y no colaboración con toda forma
de discriminación o violencia, de desobediencia
civil frete a todo acto de violencia institucionalizada, de fomento de la
organización y movilización voluntaria para la solidaridad entre iguales, de
apoyo a todos los factores que favorezcan la extensión de una resistencia no
violenta y activa frente a las injusticias, o, incluso, de superación de las
tendencias violentas en uno mismo) frente a la pasividad (lo que nos sitúa ante una perspectiva de la práctica de
la resistencia no violenta que bien
puede abarcar desde la desobediencia
civil –tan tematizada desde el Henry David Thoreau del Ensayo sobre la desobediencia civil de 1849, con versiones múltiples en castellano
hasta la actualidad-, hasta la huelga de hambre, el boicot a productos de
consumo o empresas, las manifestaciones pacíficas, los bloqueos con uso del
propio cuerpo u objetos auxiliares de actividades nocivas y/o violentas, la no
colaboración en actos violentos impuestos, o incluso la creación de estructuras
alternativas con vocación de gobiernos paralelos), se encuentra con el hecho de
que la sociedad aporta mucha más formación e información sobre coerción
violenta que no violenta, que la resistencia ética puede derivar injusticias
concretas, o que las vías hacia la negociación (o hacia el mero arbitraje ante
el conflicto) aparecen frecuentemente cortadas por la primacía social de la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón… Es, en definitiva, lo que, en su mejor
vertiente ilustrada, señalaba Jovellanos (en sus Cartas
del Viaje a Asturias –Cartas a Ponz-
escritas hacia 1782): «porque trabajar
mucho, comer poco y vestir mal es un estado de violencia que no puede durar»… Lo que, con hálito paradójicamente poético,
confirmaba Bertolt Brecht: «sólo la violencia ayuda donde la violencia
impera». Ahora bien, si consideramos la desobediencia civil en un sentido estrictamente thoreauniano
(ajeno al egoísmo de tantas manifestaciones actuales de una concepción
particularista de la objeción de conciencia) vinculada
a los actos de oposición pública y activa a leyes, políticas y actuaciones de gobiernos
instituidos cuando quien desobedece tiene conciencia (manifiesta en argumentos
racionales) de que de su dudosa legalidad y/o clara ilegitimidad, su esencia se
constituye precisamente en torno al logro de un fin, el cambio social que
reinstaure la justicia, con medios perfectamente compatibles con los más
vívidos y hermosos manifiestos radicales contra la violencia que han producido,
por ejemplo, episodios tan tristes de la Humanidad como la Segunda Guerra
Mundial, pongamos por caso la Crítica de la violencia (con reciente edición en castellano de 2010) de
Walter Benjamin o Sobre la violencia que Hannah Arendt escribiera en 1970 (con edición
en castellano en 2005). Acaso por ello, en tiempos confusos y hasta oscuros como
el presente (véase, por ejemplo, Contra todo. Cómo
vivir en tiempos deshonestos,
2016 -2018 en la edición en castellano-, del vigoroso ensayista thoreauniano
Mark Greif) se multiplican en las redes sociales los llamamientos a distintas
formas de desobediencia civil en actos calificados de ilegales por el poder
realizados con carácter público y plena consciencia de sus causas y
consecuencias (como, blanco sobre negro, refleja el Ensayo
de un científico sobre la desobediencia civil, 2016, del biólogo Fernando Cervera Rodríguez). Y es que si, en
definitiva, las leyes no deben sino regular la convivencia en paz, cuando la
dificultan o impiden deben ser combatidas: es un contrasentido la “no
convivencia pacífica” (no en vano afirmaba Thoreau que «bajo un gobierno que encarcela a alguien injustamente, el lugar que debe
ocupar el justo es también la prisión»)… Pero hay cierta inocencia (podríamos
decir que es víctima de las esperanzas de su tiempo, el siglo XIX) en Thoreau
cuando considera que «el gobierno por sí
mismo, que no es más que el medio elegido por el pueblo para ejecutar su
voluntad, es igualmente susceptible de originar abusos y perjuicios antes de
que el pueblo pueda intervenir», porque ignora todos los procesos que
llevan a establecer nítidas servidumbres del poder formal (gobierno) hacia el poder material (económico) que dejan fragmentado, equívoco, difuso
y confuso el propio concepto de “pueblo” (véase, por ejemplo, las vívidas
reflexiones sobre ¿Qué es el pueblo? de Alain Badiou, Pierre Bordieu, Judith Butler,
George Didi-Huberman, Sadri Khiari y Jacques Rancière publicadas en 2013 -2016
para la edición en castellano-).

