
El
Centro Municipal Integrado de El
Llano (c/
Río de Oro, 37- Gijón)
desarrollará el Martes, 28 de Enero de 2020, a las 19’30 horas, la sesión mensual del Foro Filosófico Popular “Pensando aquí y
ahora” para abrir su programación del Primer Semestre de 2020 abordando el tema «La Filosofía como “lujo
innecesario” aquí y ahora: ¿A quién le interesa “librarnos de la funesta manía
de pensar”?»... La
sesión se plantea como reflexión general y concreta que, partiendo de la
reciente voluntad política manifestada, en mayo de 2019, por el
ultraconservador y exmilitar presidente brasileño Jair Messias Bolsonaro de cerrar
la facultad de Filosofía, dado que “realizar
estudios filosóficos es un lujo innecesario”, pues de nada sirve para abrir
mercados, combatir enfermedades, construir puentes y calzadas, o cualquier cosa
mínimamente seria (léase “útil”) similar… Y es que eso de tratar del «ser» (y la «nada»), la «verdad» (tan
contraria a las útiles «fake news»),
la «bondad» (que resulta tan poco
válida para la imprescindible «cultura
emprendedora y competitiva») o la «justicia»
(que sólo ha de servir para «conservar
el orden establecido»), por no servir
no sirve en definitiva para nada y mucho menos para convertirse en un
político sabio, bueno y justo… ¿Nihilismo radical nietzcheano o mera
estulticia?. No es nuevo, en cualquier caso, el rechazo frontal de la filosofía
por ser un saber irrelevante (o, incluso, un estorbo)… Ya su nacimiento tiene
el preámbulo de los atenienses condenando a muerte a Sócrates por “pervertir la
juventud” ¡enseñándoles a filosofar!... Después llegaría el fideísmo de la Patrística, con
Tertuliano, por ejemplo, afirmando en su De Carne Christi 5 que “…el Hijo de
Dios murió; de todas maneras debe ser creído, porque es absurdo”;
siguiendo a fin de cuentas la tradición bíblica: “... Te alabo, Padre, Señor del cielo
y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e
instruidos, se las has revelado a los que son como niños. Sí, Padre, porque esa
fue tu buena voluntad”, dice el propio Jesucristo –Lucas 10:21-; y afirma Pablo de Tarso
que “Ya
que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo
conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar,
mediante la locura de la predicación, a los que creen... Pues la locura de Dios
es más sabia que la sabiduría humana...” -Corintios
1: 21, 25-… O los almohades que trajeron el fanatismo islámico más integrista a
Al-Ándalus condenando a Averroes al destierro en Lucena y Cabra y prohibiendo
sus obras… O los entusiasmos absolutistas
frente al impulso ilustrado de aquel
rector de la Universidad
Complutense, todavía en Alcalá, que proclamara, ante el
recuperado monarca Fernando VII, aquello de “¡líbrenos
Dios de la funesta manía de pensar!”, que tanta carta de naturaleza cobrara,
por otra parte, en las soflamas fascistas de ciertos generales franquistas, como
José Millán-Astray, fundador de la Legión, gritando, en el Paraninfo de la
Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 (Día de la Raza), “¡Muera la
inteligencia!, ¿viva la muerte!” al restablecido rector vitalicio de
Salamanca Miguel de Unamuno (que respondería con su famoso “Venceréis, pero no convenceréis”, tal como muestra la película de
Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra, 2019, ahora en cartelera)…
Hay
en estas manifestaciones, y muy especialmente en la posición actual de
Bolsonaro, de desprecio (y hasta odio) hacia la filosofía evidentes matices de
mera ignorancia combinados con integrismo ideológico (considerada aquí la ideología
en su sentido de “visión deformada –por los
propios intereses- de la realidad”) política… Pero, más allá de una fácil
catalogación ultrafideísta y fascista de los actuales ataques a la filosofía (recordemos
que tanto el Islam, bajo el principio de “la
dobel verdad”, como el catolicismo, con la progresiva armonización de fe y
razón que culminaría el aristotelismo tomista –aunque la navaja de Ockham la pusiese en problemas-, fueron capaces de
hacer un uso instrumental de la tradición filosófica grecolatina; y que estados
inequívocamente fascistas hicieron buen uso de ciertas filosofías para,
pervirtiéndolas, legitimarse ideológicamente –pensemos en el uso de Nietzsche
por el nazismo o el papel jugado en el “lavado de cara” tardofranquista por
Gonzalo Fernández de la Mora o Julián Marías-), en ellos late la mezcla del
positivismo pragmático y el puritanismo que han caracterizado la cultura
anglosajona y que se extiende, evangelicalismo
mediante (especialmente interesante puede resultar, en este sentido, la
película Jugando en los campos del Señor, 1991, de Héctor Babenco), por
toda Latinoamérica (siendo en Brasil la guía explícita de de autoridad e
influencia moral de la política de Bolsonaro). A fin de cuentas, el protestantismo, en general (a diferencia
del catolicismo o el islamismo, tan proclives finalmente a la Teología), nunca
ha abandonado la postura fideísta, rechazando la razón como sustento religioso:
la buena actitud moral evangélica es la dada en la primitiva “fe del carbonero”, en la gente sencilla
que dedica sus horas a trabajar lo más y mejor posible, amar mucho (pero sin
grandes demostraciones públicas) a los suyos y resolver el resto de sus necesidades
espirituales en el templo sin intermediarios (sola scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus, soli Deo
Gloria)… Así que todo ha de ser «ora
et labora» lo es todo y cualquier ansia
de conocimiento racional (como el
amor a la sabiduría) es sólo vana curiositas, inútil tentación de
cotilleo (ya decía el propio Lutero que la
razón es la prostituta del diablo, y de ahí la obsesión evangélica con el Antiguo
Testamento, con interpretación fiel del origen del mal en la prueba del fruto
del árbol de la sabiduría)… Una base espléndida para el desarrollo de la
sociedad burguesa y el impulso capitalista, como pronto señalaría Max Weber (Die
protestantische Ethik und der 'Geist' des Kapitalismus, 1905 –La ética
protestante y el espíritu del capitalismo, con dición en castellano,
por ejemplo, en Fondo de Cultura Económica, 2003-). Y una explicación, de paso,
del gran desarrollo del capitalismo y la ausencia casi total de educación
filosófica en buena parte de los países del ámbito anglosajón. Y es que, si la
trascendencia divina es absolutamente incognoscible para la humano razón –Lutero
dixit–, todo cuanto preocupa a la filosofía (el principio y fin de las cosas,
el sentido de la vida, el criterio último de verdad, la genealogía y función de
los valores…) también será, por trascendente,
incognoscible… Así que, ¿para qué perder el tiempo (y el dinero público y
privado) estudiándolo? (nótese que el argumento es manifiestamente prekantiano
al confundir lo transcendental, que
indaga las condiciones de posibilidad del conocimiento humano, con lo transcendente, que está más allá de la
experiencia humana posible; pero, claro, Kant era un filósofo). Lo cierto es
que la concepción evangelicalista del
mundo no solo es filosóficamente más que cuestionable (como toda metafísica mística lo es), sino también socialmente
peligrosa al dejar en manos de instancias irracionales (libros sagrados,
telepredicadores, gurús de la espiritualidad, interpretación subjetiva...) más
allá del propio sentido de la vida (lo cual ya es bastante exceso), el arbitrio
de los principios y valores que son fundamento de la convivencia, la vida
pública y el quehacer político. Y lo más grave es que esta forma de entender el
mundo se extiende, legitimación de posicionamientos políticos ultras por medio,
por todo el planeta a la velocidad de los clicks
que difunden fake news (o sea, con mucha
más fuerza y rapidez que fundamentalismos más tradicionales y rudos, como el
islámico)… Llegando ya a la vieja Europa continental, como se puede ver en las
últimas (y acaso más en las próximas) reformas educativas, cuyo «espíritu»
considera la filosofía (u malsano afán por cuestionarlo todo, la funesta manía de pensar en suma), como
cualquier labor no directamente vinculada a la cultura del emprendimiento con eficacia
productiva, como todo acto incapaz de plasmarse en nada susceptible de negocio, es algo yermo y hasta
corruptor. Así que las enseñanzas comunes habrán de contemplar, como mucho, un
complemento a los saberes científico-técnicos, una suerte (o desgracia) de amalgama
de religión y psicología práctica para
una llamada educación emocional
(aunque las emociones son precisamente lo que no se educa) y una formación en valores (para la ciudadanía
de orden y las buenas costumbres). ¿Para qué más? El ora et labora se proyecta hoy en un emprende/produce y consume (y hazlo con eficacia y sin resistencias
porque esa es tu recompensa y tu responsabilidad)… Bolsonaro es el profeta.
Y es que, a fin de
cuentas, vivimos inequívocamente un tiempo mediático y simbólico donde lo aparente oculta y silencia lo esencial, la hora del ascenso de la insignificancia, que diría
Cornelius Castoriadis (ver El ascenso de la insignificancia.
Encrucijadas del laberinto IV, 1996 –edición castellana de 1998 en
Cátedra-), en la que pensar resulta un
estorbo. Pero la reflexión sobre este hecho no puede quedar en el mero diagnóstico,
porque la filosofía ha sido constante y
crecientemente acosada, como síntoma, también desde el principio de nuestra democracia monárquica (¿qué diría
Aristóteles de este paradójico contubernio dentro de su tipología de los sistemas de gobierno?) por las administraciones
educativas de todo partido y condición, ¡y
son seis ya las Leyes Orgánicas
estatales (LODE; LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE y LOMCE) las que, unidas a multitud de Órdenes y Decretos, así como a innumerables disposiciones autonómicas de distinto rango, han jalonado, en
nuestra maltrecha democracia, este “ataque
a la filosofía” en la formación de la ciudadanía!... En efecto, el proceso
que lleva de la Ley Orgánica Reguladora del Derecho a la Educación
(1985) de José María Maravall a la Ley Orgánica General del Sistema Educativo
(1990) de Javier Solana Madariaga,
auspiciaba su disolución, en la educación común obligatoria, como “ética
ciudadana” en una transversalidad
positivizada (léase “diseminada”) en las distintas materias curriculares (a
la vez que se iban arrumbando las materias del Bachillerato hacia la
optatividad)… Luego la Ley Orgánica de
Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes (1995)
de Gustavo Suárez Pertierra, lo aclararía un poco más, al definir esa transversalidad ética como una Educación en Valores que la sociedad
demanda de la escuela para que “la
juventud sepa a qué atenerse” (no en
vano el ministro, antes y después de tomar
el mando en las aulas, lo ejercería en los cuarteles a través de sus cargos
en el Ministerio de Defensa) … Curiosamente, ante este acoso socialista a la filosofía,
la llegada de los populares al poder trajo el llamado Decreto de Humanidades, que entre otras cosas devolvía a la Historia de la Filosofía su carácter
común y obligatorio para todos los Bachilleratos, en una muestra más de la
“exageración de la diferencia” que caracteriza la lucha bipartidista por el poder como representación propia de las democracias
elitistas… La Ley Orgánica de Calidad de la Educación
(2002) de Pilar del Castillo confirmaría este punto… Hasta que el talante y los
guiños de José Luís Rodríguez Zapatero trajeran la Ley Orgánica de Educación (2006), cuya torpe tramitación costara el
puesto a la ministra María Jesús San Segundo nada más ser aprobada, para buscar de nuevo una “positivización normativa” de las materias filosóficas insertándolas
en una Educación para la Ciudadanía (pasan
a ser Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, Educación Ético-Civica –con tres horas
semanales en total a lo largo de la educación común obligatoria-, Filosofía y Ciudadanía) que nuevamente las alejaba de toda
contribución a la autonomía crítica a
favor del “saber a qué atenerse”
vinculado a lo políticamente correcto.
Y, claro, la Ley Organica para la Mejora
de la Calidad Educativa (2013) de José Ignacio Wert, que la relega casi
totalmente de los contenidos prescriptivos generales (dejándola, en el mejor de
los casos, al albur de las decisiones de las administraciones autonómicas en su
porcentaje competencial) a favor de lo que llama cultura del emprendimiento (no en vano el término “pirata” nos
llega, a través del latín, del término griego πειρατης (peirates), formado a partir del verbo πειραω (peiraoo), que significa «esforzarse», «tratar de»,
«intentar la fortuna en las aventuras», y el sufijo -της (-tes), que significa «agente»; o sea, en su origen el “pirata” es
un «agente que intenta la fortuna en las venturas», un verdadero y auténtico «emprendedor»).
Así
que si la administración educativa de nuestra llamada democracia ha ido enterrando
cualquier atención (y, por supuesto, promoción) de lo filosófico, de la funesta
manía de pensar, bajo las apariencias
(camufladas como “necesidades sociales”) que ayudarán a saber a qué atenerse a la ufana piratería
emprendedora, ¿qué nos es dado
esperar (cuando, por ejemplo, asistimos al espectáculo de administraciones
educativas autonómicas socialistas que se apresuran a enarbolar la supuesta
“defensa de la Filosofía” contra la Ley
Wert, cuando fueron sus administraciones estatales las que hicieron los
mayores ataques de nuestra reciente historia contra el papel de la Filosofía en la educación común)?, ¿pueden atisbarse
siquiera algunas respuestas de resistencia, disidencia y reconstrucción que nos
permitan reelaborar socialmente el fomento de un pensamiento crítico capar de enfrentarse a esa dictadura de lo banal capaz de diversificar y extender sin límites
las formas de sumisión simbólicas y
reales?... Porque se trata, ni más ni menos, que de promocionar la necesidad humana esencial de conocer el
mundo (el impulso hacia el saber
que nos permite interpretarlo mejor, mal
que les pese a Bolsonaro y sus gurús evangélicos) como base para un inevitable
(si no queremos convertirnos en “imbéciles
morales” faltos de toda sindéresis,
que diría Aristóteles) compromiso ético
que derive en acción política colectiva
para mejorar esa realidad en aras del
bien común. O sea, y en esa clave
política, ¿cómo intentar dotar a la ciudadanía
de los instrumentos e impulsos que la lleven a exigir su participación efectiva en la toma de decisiones que son relevantes para
su vida (individual y colectiva)?, ¿cómo recuperar, aquí y ahora, un demos que, más allá del maltrecho
concepto (y las indignas prácticas) de la representación
popular mediada por los partidos políticos,
sea capaz de reconstruir su papel como
agente activo de los asuntos públicos, más allá de los falaces cantos de sirena de su promoción instrumental
como agentes de la piratería emprendedora?...
Evidentemente el movimiento de los
indignados (según el título que recibiera del librito-llamada, Indignez-vous! -¡Indignaos!-, de Stéphane Hessel de 2010) que,
especialmente en los años 2011 y 2012, mostró el hartazgo popular extendiéndose por las calles y plazas de todo el
mundo, desde el 15M y la ocupación de la madrileña Plaza de Sol (junto a las más emblemáticas de cientos de ciudades españolas)
hasta Occupy Wall Street, , pasando
por las cuarenta mil personas que el 29 de mayo de 2011 llenaron con sus quejas la
Plaza Syntagma de Atenas, fue la sacudida que situó en
primer plano la gran corrupción política,
no la del dinero público malversado y robado que estaba en los medios, sino la
del robo de la propia democracia a
través de sufragios ritualizados para
alternar en el poder formal, en una representación de teatro de sombras,
partidos políticos que actuarían (encubiertos por el patológico síntoma de la
“exageración de las diferencias”) como solidarios
testaferrros de los intereses del
verdadero poder, el económico,
imponiendo su pensamiento único (mediante
sus industrias de control simbólico
ligadas a la “cultura oficial”, pero también de las porras y las togas cuando fuere necesario) frente a cualquier
tentación de pensamiento crítico
divergente, frente a cualquier tentación
filosófica en definitiva. Porque aquel grito de “¡No nos representan!” situó en el debate público la crisis de las democracias representativas en un mundo globalizado que
desplaza los centros de toma de decisión política desde las instituciones
gubernamentales de los Estados hacia los Consejos de Administración
de las grandes empresas transnacionales y supuso, sobre todo, una
verdadera deslegitimación filosófica (mundana) de unas instituciones
pseudodemocráticas y, con ello, de sus instrumentos
de dominio (desde los medios de comunicación social comprados por el propio
poder económico –para construir cosmovisiones e imaginarios colectivos que “naturalicen”,
antifilosóficamente, el estado de cosas y criminalicen cualquier alternativa,
filosófica- hasta el uso de las
porras y las togas al servicio de normas como la Ley de Seguridad Ciudadana española, todavía no derogada, que
condenan y castigan toda disidencia y/o resistencia ante lo considerado
“políticamente correcto”)...
Así
que, ¿cómo tornar, en suma, en este contexto (y frente a tantos que desde
tertulias o cátedras pervierten y prostituyen la filosofía al servicio de los imaginarios
hegemónicos de lo establecido), “la funesta manía de pensar” en “un arma cargada de futuro” (que diría
Gabriel Celaya)?.
Todo ello será
desarrollado por el propio coordinador del Foro, José Ignacio Fernández del Castro,
que, como siempre, facilitará a las personas participantes un dossier con
documentación sobre el tema abordado (incluyendo el guión de la sesión,
recomendaciones bibliográficas y cinematográficas, e informaciones de interés).
Tras su intervención (e, incluso, durante la misma) habrá un debate general
entre todas las personas presentes. La sesión tendrá lugar en el Aula 3 de la
Segunda Planta, con asistencia libre.