«¿Cómo se consiguió aquí que los
dirigentes de partidos de izquierda, con cientos o miles de militantes,
asesinados, torturados, encarcelados durante largos años… guardaran sobre estos
hechos un silencio que aún hoy repugna o buscaran excusas que hoy no se
atreverían a repetir, pero que entonces nos arrojaron encima a quienes
rechazamos esa rendición sin combate?. Pues lo consiguieron llenándoles la boca
de mierda.
Porque la Transición, además de
con otras muchas piezas, se hizo con mierda. Un país que ha sufrido cuarenta
años de dictadura necesita, en primer lugar, una buena limpieza, un baldeo
colectivo enérgico y entusiasta, para eliminar toda la basura acumulada, desde
el último pueblo a los bancos, palacios, fortunas… amasadas bajo el manto
protector de la dictadura. Pero también la sumisión más o menos forzada de
millones de “gente corriente”, colaboradores pasivos, burócratas cumplidores…
que necesitaban ajustar cuentas con su propia historia, para reemprender el
camino dignamente. Esta era la tarea de la ruptura democrática: construir un
nuevo país. Lo que hizo la
Transición –toda la Transición, incluyendo la Constitución, la ley
de Amnistía…– fue blanquear, reformar, edificar… sobre los cimientos morales de
un país de mierda.»
(Miguel ROMERO BAEZA, el
Moro; Melilla, 1945
– Madrid, 26 de enero de 2014. “Un chorro de agua limpia” en Viento
Sur -edición digital-, Tribuna, 26-9-2013 -http://vientosur.info/spip.php?article8334-.)
Aprendí mucho con el Moro, capaz de concitar en cualquier momento la clarividencia de
Ernest Mandel, Francisco Louça o Daniel Bensaïd, mientras yo trataba de ponerlos
en diálogo con Cornelius Castoriadis... Aprendí de él como se aprende de esos seres
humanos maravillosos de la literatura (ese Cipriano Algor de La
caverna, 2000, de José Saramago, o ese Lambros Zisis de Liquidación
final, 2011, de Petros Márkaris) y el cine (ese Don Gregorio de La
lengua de las mariposas, 1999, de José Luís Cuerda, o ese Michel de Las
nieves del Kilimanjaro, 2011, de Robert Guédiguian) que, más allá de su
voluntad de magisterio, desentrañan la vida (buena) frente a nuestros ojos atónitos.
Y es que, por encima de todo (hasta de
militancias y compromisos), el Moro
que yo conocí era todo un maestro en el
arte de la vida buena, tan ajena y contraria al regodeo en la buena vida. Porque,
austero y honesto hasta la extenuación, siempre se mostraba, sin embargo, dispuesto
a disfrutar con calma apasionada de los placeres sencillos que la vida nos
ofrece en cada instante en cualquier esquina... Y capaz de ver el mundo con los
ojos complejos que exige la complejidad de su propia dinámica.
No es extraño que un ser así, que además
hablaba con la claridad certera que le permitía la serena firmeza de su voz y
su actitud, denunciara sin ambages la trapisonda vergonzante de la tan
cacareada Transición española.
Porque esa gran impostura, ese burlesco
embrujo que tornó en apariencias democráticas
los viejos fantasmas del franquismo, mientras
humillaba en el olvido a quienes siempre habían perdido, fue repugnante para
cualquier persona honesta y cabal.
Y de aquella mierda viene la cloaca de un
presente en el que hasta los más elementales derechos se van por el sumidero moral
de tantas sumisiones más o menos forzadas.
Nos toca hacerlo a nosotros y no será fácil
seguir su ejemplo.
Nacho Fernández del Castro, 27 de Enero de 2013