
El Centro Municipal Integrado de El Llano (c/ Río de Oro, 37- Gijón) desarrollará el Martes,
21 de Febrero del 2017, a las 19’30 horas, la sesión mensual del Foro Filosófico Popular “Pensando aquí y
ahora” para continuar su programación del Primer Semestre de 2017 abordando el tema «La Filosofía ante la
injusticia cotidiana aquí y ahora: Sobre progreso y “excedentes humanos”»... La sesión se plantea como reflexión
general y concreta a partir de nuestras vivencias cotidianas de la injusticia
social… Uno se levanta cada día, acaso maldiciendo su propia somnolencia (tras
haberse pasado la noche anterior en embobado deleite ante el ascenso de la insignificancia,
Castoriadis dixit, quintaesenciado en
cualquier subproducto televisivo al uso) y las exigencias del curro (o la
maldición del paro), baja a la calle y acaso encuentre algún “transeúnte
menesteroso” durmiendotpdavçoa en algún
banco (de los de madera) mientras otros “indigentes de caché” van despertando y
desocupando los rincones más propicios al “descanso alternativo” (soportales,
techumbres más o menos precarias o cajeros automáticos) envueltos en sus
cobijas de cartón y con su exiguo equipaje de harapos como almohada; si tiene
tiempo para tomarse un café, seguramente alguien, con el que nadie habla si no
es para echarle con cajas destempladas del local (¡al fin y al cabo es una molestia, abstracta, que sólo se podrá
convertir en una persona, concreta, a
través de algún incidente o delito!), dejará junto a su taza una tarjeta
presuntamente llena de penurias que no se molestará en leer; y, después, de
pelearse (calladamente) con el despotismo de sus jefes y de imponer
(sonoramente) su “docto parecer” a sus subordinados, y/o después de enfrentarse
gallardamente a los sinsentidos administrativos y los mantras evasivos de cualquier servicio de atención al cliente, al
regresar a casa se topará, mientras hace las últimas compras del día, con unos
“medndigos de supermercado” luciendo su puesto preferente (acceso a algunas
monedas de las vueltas, a algún producto de primera necesidad que lava “malas
conciencias birgiesas”, a alguna compensación por sujetar una mascota mientras
sus dueños hacen consumo,…); y ya al acercarse a su casa se cruzará con varios
seres, de sexos, edades y etnias diversas pero una común apariencia mísera,
abriendo y revolviendo contenedores de basura (“a veces, con un poco de suerte, es posible encontrar algo de justicia
en la basura”, El Roto dixit)… Son
atisbos, ráfagas apenas, de esas injusticias cotidianas que el desarrollo tecnológico y todas sus
proyecciones en Progreso social (con
esa mayúscula que llenas la boca de la casta
política) no es capaz de atajar…
Fenómenos patentes de una exclusión que sólo nos habla de la
“naturalización” del estado de cosas
(el caos de este mundo) que siempre beneficia a los (económicamente) poderosos,
eso sí, más o menos (según las épocas) dispuestos a utilizar su “brazo amable”
en una ayuda humanitaria, caridad pública o privada, que de paso coloque
los excedentes (productivos y humanos –a través del llamado tercer sector-) del mundo rico en las zonas más devastadas del mundo pobre (apostando, así, por la posible generación de pequeñas,
pero nuevas, bolsas de consumo marginal y,
sobre todo, por la ocultación, el “barrido debajo de las alfombras del
sistema”, de una desigualdad lacerante e insoportable en la distribución de la
riqueza y el bienestar)…
O
sea, que, mientras los muchos se mueren de hambre (si logran sobrevivir a
las guerras persecuciones, pandemias, explotaciones laborales y tantas formas
de miserabilización que precarizan su
vida) y los pocos se hastían en su propio despilfarro (fenómeno que ocurre, sí
en el mundo, pero también en estas Europa y España en las que crece la
desigualdad bajo las políticas de ajuste, también en nuestras ciudades y en
nuestros propios barrios), hasta la vieja Europa, cuna de las más bellas revoluciones, de los mejores valores, de las más asentadas democracias, restringe el derecho de
libre circulación por el llamado “espacio
Schengen” (mucho más por los países que están fuera del mismo) a cualquier
avalancha de refugiados que se considere demasiado tumultuosa, por muy
benemérita que pueda parecer su demanda de asilo (¡mientras, hipócritamente
pero con boca muy pequeña, dejan caer puyitas sobre la política nacionalista y
neoproteccionista en lo exterior, sobre todo en materia de flujos humanos, con
un ufano neoliberalismo en lo interior del nuevo símbolo del poder en el mundo, Donald John Trump)… Las presiones
del refugio económico (exteropr o
interior) ante este mundo profundamente injusto en el reparto de la
riqueza, desmienten ya, incluso en los
países de mayor “tradición acogedora”, como Francia o Estados Unidos, la
venerable placa de bronce que se añadió en 1903 a la neoyorkina Estatua de la Libertad (La Libertad
Iluminando el Mundo, regalo del gobierno francés para conmemorar el
centenario de la Declaración de
Independencia norteamericana, diseñada por el escultor Frédéric Auguste Bartholdi
con estructura interior del ingeniero Alexandre Gustave Eiffel, e inaugurada el
28 de Octubre de 1886) con el final del soneto, ya dirigido a Europa, de
de Emma Lazarus: «"¡Guardaos, tierras antiguas, vuestra pompa legendaria!"
grita ella./ "¡Dadme a vuestros
rendidos, a vuestros pobres./ Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en
libertad./ El desamparado desecho de vuestras rebosantes playas./ Enviadme a
estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades, a mí!./ ¡Yo elevo mi
faro detrás de la puerta dorada!"»... Un mensaje de esperanza
que parece haber perdido todo sentido cuando ya nadie (y Trump menos que nadie,
a no ser que lleguen con mucho dinero y muchos afanes de contribuir al negocio)
parece estar dispuesto (en nombre del nuevo principio supremo de la seguridad) a abrir puertas, ni doradas
ni herrumbrosas, ante quien busca simplemente una opción de vida mínimamente
digna en este mundo... La dichosa crisis
económica (más propiamente, estafa
financiera global), lejos de los
alientos iniciales de cambios en un
sistema (ese capitalismo globalizador
con su propensión especulativa convertida, mediante la
llamada revolución de las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación, en una insoportable financiarización de la economía mundial),
parece claro que fue, es y será pagada, una vez más y de forma más escandalosa
que nunca, por quienes nada han tenido que ver en su generación (aunque los
gobiernos, en su papel de fieles testaferros del poder económico, los acusen,
nos acusen, ahora de haber vivido “por
encima de sus posibilidades”,; o sea, exactamente en las posibilidades que
ellos mismos les/nos ofrecieron)... Los países
económicamente desarrollados (y subdesarrollantes) del llamado Norte, mal que bien, atisban una salida
afincada sobre las subvención de los
grandes intereses económicos con dinero público, mientras los países económicamente subdesarrollados (y
desarrollantes) del llamado Sur
(incluyendo a algunos de los llamados emergentes)
ven como se alejan las menguadas esperanzas contenidas en los Objetivos del Milenio… La lucha contra la pobreza y su erradicación en el mundo sufre, una
vez más, nuevos aplazamientos, mientras los poderes reales se refocilan en
políticas más refinadas (y excluyentes)
para potenciar su propia seguridad física
y económica. En tal afán, a nuestras autoridades (supuestos poderes públicos siempre al servicio de
los amos del mundo) no les temblará
el pulso a la hora de meternos en vereda, para hacernos más fuertes en el sufrimiento creciente, para rebajar los
humos de nuestros pretendidos derechos (por
mucho que estén recogidos en la “Santa Constitución”, de la que ya sólo
interesan los compromisos de déficit)... Vamos, todas esas cosas que se hacen por nuestro bien: quitarnos dinero, quitarnos la vivienda, quitarnos un poquito de salud y educación cada día, quitarnos atención
a nuestras dependencias; quitarnos, en fin, un poquto de vida... ¡Loable
empeño que, sin duda, hará a quienes logren sobrevivir mucho más resistentes
ante la adversidad!. Lo vemos, como decíamos, cada día en las calles.
No
deja de resultar curioso, en cualquier caso, el empecinamiento europeo en esa teología del ajuste y el recorte precisamente ahora, cuando hasta sus viejos valedores,
como el nada revolucionario Fondo
Monetario Internacional o las autoridades económicas norteamericanas del
recién terminado mandato de Barack Hussein Obama (con la Presidenta del Sistema de la Reserva Federal, Janet Yellen, y el Presidente del Consejo de Asesores
Económicos de la Casa Blanca, Jason Furman, a la cabeza) se persuaden ya,
tras su larga experiencia de décadas condenando a países latinoamericanos y
africanos a la quiebra, de que, sólo con recortes y sin inversión pública que
anime la economía, cualquier conato de recuperación económica es inviable.
De hecho, hasta hoy mismo, con políticas
económicas expansivas, la economía norteamericana está creciendo un 4’2%
frente al crecimiento nulo de la eurozona
de los ajustes (o del 0’2% del Producto
Interior Bruto si consideramos la Unión
Europea en su conjunto).
Pero,
además, el propio tratamiento, por ejemplo, de la educación o la salud como
un medio para fines externos a la propia ciudadanía que recibe (o no) los servicios que las articulan (desarrollo
económico, mejora de la competitividad de las industrias nacionales,
constitución de una oferta adecuada y flexible ante las demandas cambiantes del
mercado laboral, mantenimiento de la primacía de determinados colectivos frente
a otros, o cualesquiera otros de esos que tan gratos resultan hoy a las bocas y
oídos neoliberales), constituye, en
la práctica, su negación como derechos,
y su conversión en bienes en el mercado;
porque convierten,
en la práctica, el nivel de acceso posible de cada cual a las prestaciones
educativas y sanitarias en un bien patrimonial más que se añade a
sus posesiones (vivienda, electrodomésticos o vehículo) como símbolo de status…
Y es por
ello que las tensiones privatizadoras que sufren estos derechos
básicos marcan, en primer lugar, el camino hacia su disolución como tales,
y, por añadidura, son un signo palmario de la ínfima calidad democrática de
nuestros sistemas políticos al sustentarse de los discursos que
sitúan el desarrollo en la aplicación de los derechos humanos (en sus tres generaciones: derechos civiles y políticos, derechos sociales y laborales y derechos
relativos a la paz y el medio ambiente) a las legislaciones nacionales como
una suerte (o desgracia) de lastre para
la “viabilidad (económica) del mundo”, de “carga insoportable para una sociedad”, de “rémora para el desarrollo económico” (FMI dixit). Un discurso y
unas prácticas sociopolíticas, en fin, que miserabilizan
colectivos y precarizan la vida
hasta asentar el sistema sobre una verdadera opresión globalizada.
Así lo
muestran en suma las políticas
neoliberales de ajuste que imponen, en todo el viejo mundo económicamente desarrollado, recortes drásticos del sector público que, en realidad, se
transforman rápidamente en disolución de derechos
básicos como el acceso a la salud
(ya con datos que auguran una disminución
de la esperanza de vida en España), a
la educación (ya con miles de personas excluidas de un sistema educativo
público en franco deterioro, por falta de apoyos o de recursos a partir de
recortes en dotaciones y becas), a la
protección de la dependencia (ya casi paralizada por la drástica reducción
de recursos), a la vivienda (ya con
cientos de miles de familias desahuciadas por unos bancos sostenidos con dinero
público), al trabajo (ya con un
proceso de precarización galopante que convierte el empleo digno en un artículo
de lujo)... Y, en definitiva, en una privatización
de los derechos (quienes quieran
salud, educación, pensiones o atención a sus dependencias que se las compren en
los mercados correspondientes,... ¡si es que pueden!) que supone un proceso
planificado de precarización de la vida
para la inmensa mayoría de la población (abocada a la caridad o la beneficencia
cuando no puede acceder a esos mercados)... ¿Es aún posible, aquí y ahora, y
contando con la indefensión aprendida
por la ciudadanía del presente,
mantener un mínimo de cohesión social para
no seguir alimentando ese proceso?... ¿Es posible hablar siquiera de seguridad o de paz social en medio de esta opresión
globalizada que dinamita cualquier atisbo
de bienestar universal?.
Evidentemente, resulta
necesario y hasta urgente derivar estps interrogantes hacia una reflexión
compartida, hacia un debate público sobre la moralidad y viabilidad humana
de sus consecuencias políticas y sociales
(más allá del mero cálculo económico,
porque, como diría Antonio Machado, “sólo
el necio confunde valor y precio”), intentando alumbrar algunas vías de
resistencia posible ante las mismas (desde esa solidaridad entre iguales, que tanto ha florecido y en tantas
formas ante la crisis/estafa, hasta
la exigencias políticas como un salario
social o una renta básica ajenos
a cualquier tipo de condicionantes que criminalicen a los perceptores,
situándose en el impulso hacia su universalización en tiempos que anuncian El
fin del trabajo en el sentido que ya apuntaba Jeremy Rifkin en 1995 -The End of Work. The Decline of
the Global Labor Force and the Dawn of the Post-Market Era-). Pero, por otra
parte, la disolución del viejo conflicto
Este/Oeste ha dejado expedito el camino hacia el poder real (y hacia
los imaginarios colectivos que
deriva) al neoliberalismo rampante,
que, con su “discurso único” trata de legitimar las políticas de ajuste estructural
(en realidad, la transferencia al
sector privado de toda actividad susceptible de ser convertida en negocio, bajo el principio de “privatizar las ganancias y socializar las
pérdidas –ya sea mediante la acción residual de los Estados, cuando se trata de empresas o entidades financieras que ven frustrado su “afán emprendedor”, o,
cada vez con mayor frecuencia e intensidad, de la mera solidaridad colectiva, cuando se trata de personas que ven precarizada su vida-“) que vienen
imponiendo de hecho, en lo global y
en lo local, actos y prácticas que suponen
la quiebra evidente del principio de libertad
a favor del “imperio del más fuerte”),
o del principio de solidaridad como muestra
la actitud de los gobiernos europeos ante los flujos de personas que huyen de
la situación provocada en Oriente Próximo y Medio, ¡no digamos ya del principio
de igualdad, con el ufano desmantelamiento
efectivo de los incipientes Estados del
bienestar!... Un verdadero motor de generación constante de “bolsas de exclusión social” en nuestras sociedades
que, integradas en el llamado “cuarto
mundo” (el tercer mundo dentro
del primero) son abandonadas a su
suerte por el Estado o dejadas en manos de lo que Pierre Bordieu, en Contrafuegos: Reflexiones para servir a la resistencia
contra la invasión neoliberal -1999-, llamaba
“profesionales del dolor”, desde
trabajadores sociales (y, por supuesto, ese tercer
sector de “profesionales de la ayuda no lucrativa”) a jueces de primera
instancia, pasando por el profesorado, que, vaciados de cualquier recurso y
estímulo emancipador, en su trabajo con esos colectivos sólo pueden ofrecer su
propio dolor como respuesta)… Porque,
además, todo esto sucede, claro está, en plena crisis del concepto y práctica del Estado-nación, ya sin verdadera
capacidad (o haciendo dejación de ella) para administrar con la más mínima
autonomía su territorio al estar en cuestión las propias ideas de Estado de Derecho, Estado Social de Derecho
y el marco moderno de relaciones
internacionales.
En definitiva que, en un
mundo simbólica y mediáticamente interconectado, las inmensas mayorías de
personas desahuciadas de todo (unas decenas de familias tienen en el mundo la
misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial) apenas pueden
soportar por más tiempo la ufana opulencia de los amos del mundo… Una situación para la que la supuesta necesidad de (re)educación en valores (abstractos) de
tolerancia o solidaridad no es más que la perpetuación (muchas veces
bienintencionada) de enfoques (una suerte de beneficencia o caridad
secularizadas) que apuntalan las necesidades estructurales del sistema de desarrollo económico neoliberal, que,
por ejemplo, pasa del concepto “Europa fortaleza” a replantearse una “gestión
de los flujos migratorios” (no, desde luego, al debate sobre el reconocimiento
universal de la libertad de tránsito y asentamiento de las personas –tal y como
“generosamente” hace con los capitales-) ante las necesidades acuciantes de
mano de obra de baja cualificación derivadas de sus bajos índices de natalidad
y el envejecimiento de su población (que cierra el círculo de nuevas
necesidades de mano de obra para trabajos asistenciales “de bajo estatus”)…
¿Cabe
pues, aquí y ahora, en estas sociedades
complejas, el ensayo de soluciones
simples (como la exclusión y control
manu militari de los excluídos) o los
ejercicios de “lavado de caras y conciencias” en el discurso que apuntala imaginarios políticamente correctos,
para los conflictos derivados del injustamente
desigual reparto de la riqueza?...
La tentación excluyente en un
mundo globalizado e interconectado parece vana y absurda, pues, entre otras
cosas, exigirá el continuo refuerzo de esa manu
militari, el permanente levantamiento de vallas y muros más y más altos (en México como en Melilla), para,
ante la radicalización creciente de la
opresión globalizada, resistir los
inevitables brotes de insumisión de los nuevos parias (aquellos a los que,
hace poco más de un siglo, abría sus brazos la neoyorquina Estatua de la Libertad; tratados hoy como meros “excedentes
humanos”), ya sin nada que perder…
¿Cómo frenar sus urgencias por “buscarse la vida” allí donde estimen que pueden
encontrarla más fácil?... ¿no es más sostenible, a medio y largo plazo, el
ensayo de respuestas que, partiendo del (re)conocimiento
de los procesos de exclusión, de su contexto y de nuestras
responsabilidades, apuesten por la creación de las condiciones objetivas para frenarlos (con el reconocimiento del derecho a la vida, con todas las
consecuencias, inherente a la mera condición
de ser humano, con políticas públicas
de capacitación,…) y compensarlos cuando
se produzcan (con garantía de mínimos
vitales) para posibilitar la
convivencia simétrica a partir de la voluntad de enfrentarse colectivamente al
propio conflicto?... Desde luego, el reparto actual del poder material lo torna casi utópico,
pero la alternativa, lo que está ocurriendo porque así se está haciendo, lo que
vemos y sentimos a nuestro paso (si resistimos la tentación de forzar una
tortícolis de tanto mirar continuamente
para otro lado), resulta ya insoportable… Y, muy probablemente, temerario y
dramático.
O
dicho de otro modo, ¿cómo avanzar hacia unas verdaderas condiciones de posibilidad de erradicación universal de la pobreza
como prioridad sin menguas ni aplazamientos?, ¿es posible aún, aquí y ahora,
una auténtica política mundial (europea,
nacional, local) dirigida hacia la redistribución
justa, equitativa y segura de la riqueza que instaure una cierta justicia social?.
Todo ello será
introducido, en sus aspectos conceptuales básicos por el propio coordinador del
Foro, José Ignacio Fernández del Castro, para dar paso a las
reflexiones sobre ejemplos problemáticos que, concretando en el aquí y el ahora
(desarrollo práctico de derechos concretos sometidos a regulaciones legales de
distinto tipo: dependencia, salario social, acceso a la vivienda, a la salud, o
a la educación, etc.) de la cuestión general, aportará la Asociación de Lucha contra la Exclusión ALAMBIQUE. Como siempre, se
facilitará a las personas participantes documentación sobre el tema abordado
(incluyendo el guión de la sesión, recomendaciones bibliográficas y
cinematográficas, e informaciones de interés), en un dossier
elaborado por el coordinador del Foro. Como preparación de la sesión, que se
celebra en relación con el Día Mundial de la Justicia Social (20
de Febrero), se ha proyectado, el martes, 7 de Febrero de 2017, la película
Umberto
D. (1952) de Vittorio de Sica. Tras las intervenciones (e, incluso,
durante las mismas) habrá un debate general entre todas las personas presentes.
La sesión tendrá lugar en el Aula 3 de la Segunda Planta,
con asistencia libre.