«Cogió el cazo, salió de la
cocina a la sala de estar y vertió la sopa por todo su precioso sillón.
A continuación, subió a la planta de arriba, a su dormitorio y, sin quitarse la
ropa ni los zapatos, se metió en la cama y se quedó en ella durante un año.
No sabía que sería un año. Se metió en la cama pensando que volvería a
levantarse media hora después, pero se trataba de una cama verdaderamente
cómoda, las sábanas blancas estaban recién puestas y olían a nieve fresca.
Se puso de lado, girándose hacia la ventana abierta y se quedó mirando cómo el
sicomoro del jardín iba perdiendo sus flameantes hojas.»
(Susan Lillian, Sue, TOWNSEND; Leicester, East Midlands, Inglaterra, Reino
Unido, 2 se abril de 1946 –
10 de abril de 2014. The Woman Who Went to Bed for a Year -La mujer que vivió un año en la
cama-, 2012 -2013 para la edición en castellano-.)
A veces la vida,
por exceso o por defecto de estímulos, por tedios casi nulos o infinitos,
tiende a tentarnos con la renuncia a participar de ella... Con la inmersión en
el blando, plácido, acogedor y cálido refugio de una cama que invita al corte
radical con todo desde esa somnolencia que desprecia, incluso, el descanso
transitorio y apurado del sofá, el sillón o la chasise longue.
Puede ser que la
tentación nos llegue por la vía de la insoportabilidad
de un mundo duro, desapacible, inhóspito y frío, en una suerte de rebeldía contra el todo que se
manifiesta en la negación a participar de
y en él... Puede ser que la sugestión proceda de un deseo de hacer sentir al todo el propio valor a través de la imposición de nuestra ausencia.
Pero, en cualquier caso, la atracción del refugio aislado como
imagen de una deserción general y patente
siempre acucia a las gentes de buena
voluntad... Claro está que, como lo son y por suerte para el todo (y para todas y todos) esa
tentación siempre se disipa ante la urgencia de algo que todavía está por hacer. ¿Otro mundo posible?.
Nacho Fernández del Castro, 29 de Junio de 2014