«En un poema leo:
conversar es divino.
Pero los dioses no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.
El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.
La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.»
conversar es divino.
Pero los dioses no hablan:
hacen, deshacen mundos
mientras los hombres hablan.
Los dioses, sin palabras,
juegan juegos terribles.
El espíritu baja
y desata las lenguas
pero no habla palabras:
habla lumbre. El lenguaje,
por el dios encendido,
es una profecía
de llamas y una torre
de humo y un desplome
de sílabas quemadas:
ceniza sin sentido.
La palabra del hombre
es hija de la muerte.
Hablamos porque somos
mortales: las palabras
no son signos, son años.
Al decir lo que dicen
los nombres que decimos
dicen tiempo: nos dicen.
Somos nombres del tiempo.
Conversar es humano.»
(Octavio PAZ
LOZANO; Ciudad de México, México, 31 de marzo de 1914 -19 de abril
de 1998;
Premio Cervantes 1981, Premio
Nobel de Literatura 1990, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y
Humanidades 1993 por su revista Vuelta. “Conversar” en Árbol adenrtro, 1987.)
Uno, el muerto reciente, cercano a los
dioses en su blasón nobiliario y dignidades ranciamente académicas, hablaba
interpretando la voluntad de éstos para “hacer
y deshacer mundos”, para “jugar a
juegos terribles”, para convertir nuestras llamas en torres humeantes,
nuestro desplome de sílabas quemadas
en una “historia de personajes” escrita (siempre) por los vencedores en una
hegeliana interpretación de la guerra
como juicio divino.
Otro, el centenario (y muerto ya con tres
lustros de antigüedad), en su rotunda humanidad
(que incluía probablemente la continua tentación de quien, universalmente reconocido, se siente con la potestad de otorgar bulas y otras licencias literarias en su
entorno), siempre se hubo de conformar (con afán
sublime, eso sí) con el diestro manejo de la palabra como una profecía de
derrumbe donde, a fin de cuentas, se reconocía (nos reconocía) hija de la muerte... Porque su palabra era, sobre todo y ante todo, más
allá de la inevitable condición de signo,
tiempo, años de auroras que presienten ocasos,
de esperanzas desesperadas, de
desengaños que aún buscan horizontes en
las sombras del mundo... Devenir que persigue un mañana que nunca llega. Nombres que, en fin, poco más hacen que
señalar nuestra propia finitud para
mostrarnos con trágica belleza que, nietzscheanamente humanos, demasiado humanos, lo nuestro, lo único que nos queda, es conversar.