«Relajante.
Ante todo, ver un partido de fútbol retransmitido por televisión le resulta
relajante. Sumamente re-la-jan-te. Y, así, silabeándolo en voz baja y con pausada
entonación, pronuncia el término al repetirle a su mujer que, al contrario de
lo que ella parece dar a entender con sus reiterativos ¡tranquilo, hombre, tranquilo, seguro que ganan el título!, a
él, ver un partido de fútbol en casa, sentado cómodamente en un sillón frente
al televisor, le resulta muy, pero que muy re-la-jan-te. Y si, a veces, da
muestras de inquietud, no se debe al hecho de seguir la marcha del encuentro
con excesivo apasionamiento, ni al cero a cero indicado en el marcador, sino,
precisamente, a los insistentes no te
pongas nervioso de su mujer, ilógicos a todas luces tras una convivencia
matrimonial de veinte años, período de tiempo más que suficiente para que
cualquier esposa —y así se lo dice a ella— pueda apreciar el talante sosegado
del hombre que tiene al lado.
La pasión
no es sentimiento acorde con su ideal de vida, ni con el temple requerido para
afrontar cuantos impertinentes problemas le plantean quienes le rodean. No es
hombre de talante quebradizo, expuesto al nocivo efecto de los súbitos accesos
emocionales que suelen desestabilizar el carácter de un hombre hecho y derecho.
Consciente de dicha verdad, lamenta no poder inculcársela a su mujer. Lejos
quedan los tiempos en que intentó hacerlo, y lejana su renuncia a seguir intentándolo
dado el poco entusiasmo con que ella se aplicaba a la labor de comprender los
altos razonamientos que estructuraban la manera de pensar y de actuar del que
era su propio cónyuge. Allá ella, se dice; si no quiere o no puede entender,
que no entienda. Pero deja de repetir
sandeces, le grita él, ahora, para evitar volver a oírle decir que no se
ponga nervioso cuando todos sus allegados saben de sobra que nunca, nunca, ha
sido él hombre proclive a perder los estribos ante las adversidades de la vida,
y, menos, ante la posibilidad de que su equipo resulte perdedor en el partido
de fútbol que está presenciando en casa, cómodamente sentado en un sillón,
frente al televisor. Y, además, admitiendo que dicha posibilidad se cumpliera,
¿es sensato calificar de adversidad un resultado negativo?, ¿en qué cabeza cabe
semejante exageración?, se dice —y le diría a su mujer, de no ser consciente de
su comprobada incapacidad para comprenderle—, ¿qué clase de persona hay que ser
para permitir que el buen o mal temple de uno dependa del resultado de un
partido de fútbol? Por supuesto que por nada del mundo se hubiera hoy perdido
el encuentro entre los dos máximos rivales del campeonato de liga, pero —¡ay!,
¿cómo metérselo a ella en la sesera?— no por propio placer, sino para poder,
mañana, compartir la experiencia con sus compañeros de oficina. Y porque le
resulta relajante, muy relajante. Es más, le resulta altamente benéfico desde
el punto de vista anímico. Tanto que incluso olvida la incomodidad que le
produce la presencia de su mujer revoloteando por la estancia y aconsejándole
calma. Y, generoso como es, la invita a sentarse a su lado para que también
ella contemple el soberbio espectáculo. Quizá, se dice llevado por esa dulce
euforia que le invade frente al televisor —y que, por supuesto y según piensa,
no está relacionada con ese magnífico gol que acaba de marcar el interior
izquierda de su equipo—, quizá, se repite, se decida a explicarle, una vez más,
que a él el partido en sí no le importa en absoluto, que tanto le da que gane o
pierda su equipo, y que su empeño en ver el encuentro obedece a un deber de
amistad: ¿qué mejor gesto de solidaridad puede tener con sus compañeros de
oficina, el lunes por la mañana, que el de sumarse a la polémica siempre
originada por el partido del domingo?, ¿qué mejor prueba de afecto hacia los
demás que aceptar, o simular aceptar, como propios sus aficiones, intereses y
necesidades? Bien es cierto que, para conseguirlo, resulta imprescindible una
cualidad poco común consistente en saber ponerse en la piel del otro. Cualidad
que requiere imaginación y, también generosidad. Sí, eso es, imaginación y
generosidad, se repite autocomplacido por sus reflexiones. Imaginación para
adivinar cómo es el prójimo al que uno desea complacer y cuáles son sus deseos
y necesidades; y generosidad porque para ponerse en piel ajena hay que
olvidarse de la propia. Le encantaría poder explicárselo a su mujer; pero ¿qué
va a decirle a una persona que ni siquiera es capaz de ver que él no está
irritable, que nunca está irritable y menos ahora, precisamente ahora que su
equipo acaba de marcar el segundo tanto?, ¿qué puede explicarle a una mujer que
confunde euforia con crispación y no entiende que si se sirve un segundo whisky
no es, como ella dice, porque piensas
que te relajará, cuando sabes, debieras saber por experiencia, que lo que hace
es alterarte más, sino para festejar ese glorioso segundo tanto de ese
estupendo interior izquierda de su equipo? Cualquiera le habla de imaginación y
generosidad, dos de las cualidades más evidentes del carácter de ese marido que
Dios le ha dado y a quien ella no se ha tomado la molestia de intentar conocer
ni comprender. No quiere romper la promesa que se ha hecho a sí mismo de no
violentar la paz familiar por nada del mundo pese a lo ocurrido con su hija
mayor y su amigo, novio o lo que sea; de lo contrario, podría reprocharle ahora
mismo a su mujer qué cree ella que sucedería en ese remanso de paz que era su
hogar si él, en lugar de ser un hombre tranquilo y reflexivo, fuera una especie
de energúmeno capaz de alterarse por el resultado de un partido de fútbol. Si
no se ha alterado por la noticia, por la visita a comisaría, por la visita a
los abogados, ¿cómo va a perder el control de sus nervios ahora ante el partido
de la máxima rivalidad? Cierto que está en juego el campeonato, o, mejor dicho,
estaba en juego, porque con ese tres a cero a favor de su equipo —¡sí, tres, ya
van tres!—, el título está más que ganado. Pero, aun en el supuesto de que la
suerte se torciera, y sería torcerse mucho, hay que saber perder y resignarse,
y saber apreciar el aspecto positivo de las cosas, por desagradables que a
veces puedan ser. Y son. Desagradables, muy desagradables son a veces. ¿A quién
le gusta tener a una hija en la cárcel de un país extranjero por drogadicción?
¿Quién no se sentiría desesperado al enterarse, por teléfono, como a él le ha
ocurrido hoy, que su hija mayor y su novio o amigo o lo que sea, no estaban
aprendiendo inglés en Londres sino atiborrándose de estupefacientes en un país
asiático? Cualquiera, cualquier garabato de hombre que no tuviera la cabeza
donde hay que tenerla. Sobre todo, si ese mismo garabato de hombre hubiera
recibido aquella misma mañana la puñalada trapera que ha recibido él: una
carta, una inmunda carta, de la no menos inmunda mujer que, hasta ayer, es
decir, hasta hace veinticuatro horas, ha sido su amante, su secretaria, su
colaboradora, su apoyo en el trabajo, en la cama, en todo, en casi todo lo que
conforma la vida de un hombre.»
(Ana María MOIX I MESSEGUER; Barcelona, 1947 - 28 de
febrero de 2014. “Un
poco de pasión” en
De mi vida real nada
sé, 2002 –aparece también en Un poco de pasión y otros cuentos de fútbol, 2012-..)
Pero, cuando amaina la tormenta, siempre
suelen quedar desperfectos más que evidentes (¿quién recuperará tantos derechos recortados al socaire de la
tormentosa crisis/estafa?) y, tras
las apariencias del buen talante, siempre se pueden ocultar esencias perversas
de padres indolentes y apáticos, de maridos ufanamente patriarcales, de amantes
insuficientes y mezquinos...
Porque, a fin de cuentas, el llamado buen talante no es, con demasiada
frecuencia, sino una máscara de la falta de pasión por la vida... El manto de falsa dignidad con el que se cubre quien nada es capaz de sentir
como padre, compañero o amante... Como ser
humano, en definitiva.
No es raro que ese envoltorio de apariencia
calmada se complete con cierta pose
empática, con una supuesta voluntad
de asumir siempre la situación de los demás con desinteresada imaginación y desprendida
generosidad; pero, en realidad, no se trata más que de un ejercicio acomodaticio de confrotable
evitación de roces cuando uno no tiene pasión
bastante para sostener posición alguna con respecto a nada (porque, a fin de
cuentas, ponerse en el lugar de los demás,
en un sentido radical y auténtico, es metafísicamente
imposible al ser incognoscibles los contextos
histórico, social o psicológico que determinan las actitudes y sentimientos
de cada cual).
El buen
talante puede llevar a vivir las supuestas aficiones, como el fútbol, con pasión mínima... Y es éste un buen síntoma
de estos seres anodinos que pervierten su humanidad al restarle una dimensión esencial, las emociones.
Quien mantiene ante el fútbol la actitud del observador imparcial no
gusta del fútbol... Gustar del fútbol implica la apuesta (apasionada) por un
estilo de juego, por una concepción de equipo, por unos colores... Y, consecuentemente,
el rechazo (apasionado) hacia los estilos, concepciones y colores enfrentados. Aunque,
por supuesto, nuestra razón matice luego esa apuesta y ese rechazo para
relativizarlo, para situarlo en sus justas dimensiones de juego. Pero no hay gusto por el fútbol (como no lo
hay por cualquier expresión artística) sin
pasión.
Nacho Fernández del Castro,
5 de Marzo de 2014
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