«Me miro a mi mismo y sólo veo el vacío, ¡y por Dios que me
he mirado!.»
(Howard Melvin FAST, con el pseudónimo de E.V. CUNNINGHAM; Nueva York,
11 de noviembre de 1914 - Connecticut, 12 de marzo de 2003.
The Assasin who Gave Up his Gun –El asesino que entregó su arma -, 1969
–edición
en castellano, por ejemplo, en 1999-.)
Howard Fast, coherente con su apuesta personal y
colectiva por la igualdad en el país de las oportunidades que devienen en
desigualdades, supo dejar el Partido Comunista estadounidense en 1956, como
protesta por el aplastamiento soviético de la revolución húngara que durante poco más de medio mes, del 23 de
octubre al 10 de noviembre, alentó esperanzas (y, claro, algunos actos de
barbarie) barridas, junto a su paladín, Imre Nagy (que había disuelto la ÁVH, Államvédelmi Hatóság, temible
policía poítica de corte estaliniano, y parecía haber conseguido que el Politburó soviético controlado por Nikita Jrushchov se aviniese a
negociar la retirada del sus tropas en el territorio húngaro), en una acción rápida y sorprendente por el Kremlin
para imponer
(previa muerte de más de dos mil quinientos húngaros y más de setecientos
soldados soviéticos) a János Kádár al frente de un gobierno dócil ante sus
intereses estratégicos y represivos (mientras Occidente todo miraba para otro lado, más ocupado en
sus propios intereses puestos en juego por la crisis de Suez).
O sea, para poder mirándose frecuentemente a
sí mismo sin sentir el vértigo del vacío...
O simple asco. Un ejemplo.
Nacho Fernández del Castro,
1 de Marzo de 2014
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