« [...] Comió una bullabesa en un
restaurante pequeño y limpio, solo en un rincón. No obtuvo la satisfacción que
esperaba. Seguramente habría que atribuirlo a su estado de espíritu. Había
caído la noche. Las alamedas cara al mar estaban suavemente iluminadas y se oía
el leve rumor de las olas. Se sentó en un banco. El aire era suave. Se sentía
perezoso…»
(Georges
Joseph Christian SIMENON; Lieja, Bélgica, 13 de febrero de
1903 - Lausanne, Suiza,
4 de septiembre de
1989. Maigret et l’indicateur –Maigret
y el confidente-, 1971
-1972
para la primera edición en castellano-.)
Y hay, sin embargo, una diferencia tan
curiosa como relevante... Mientras en la tradición
progre la degustación de la comida es capaz de modular las propias
actitudes, talantes y afanes, en la orilla más tradicionalista será
precisamente el estado de ánimo el que module la calidad de las degustaciones.
O sea que, mientras para aquéllos la realidad
social se impone a su conciencia
(tal como pensaba Marx), para éstos es la conciencia
la que se impone a la realidad social
(tal y como pensaba el idealismo).
Y es que, al final, eso que por comodidad,
como atajo lingüístico, llamamos conciencia,
no es mucho más que el reflejo psicobiológico
del conjunto de relaciones que
configuran nuestra realidad social.
Así que sólo haciendo algo que merezca la
pena podemos ser algo con cierta dignidad. Así que ¡manos a la obra!.
Nacho Fernández del Castro, 15 de Septiembre de 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario