«Un mundo y sus habitantes pueden ser
transformados profundamente en sólo cincuenta años, hasta tal punto que nadie
pueda reconocerlos. Sólo se requiere un hondo conocimiento de ingeniería
social, una clara visión de los fines que uno se propone... y poder. Los
superseñores tenían todo esto. Aunque sus fines eran un secreto, sabían lo que
querían, y disfrutaban de poder. Ese poder tomó muchas formas, y los hombres
cuyos destinos eran manejados ahora por los superseñores no advirtieron muchas
de ellas. El poder de las grandes naves había sido evidente para todos. Pero
detrás de esta exhibición de fuerzas dormidas había otras armas mucho más sutiles.
—Todos los problemas políticos —le había dicho una vez
Karellen a Stormgren— pueden ser solucionados con una correcta aplicación de la
fuerza.
—Me parece una afirmación bastante cínica —había
replicado Stormgren incrédulo—. Se parece demasiado a aquélla de "El derecho es la fuerza". En
nuestro propio pasado el uso de la fuerza nunca resolvió nada.
—La palabra clave es "correcta" [contestó
Karellen].»
(Sir Arthur Charles CLARKE; Minehead, Somerset, Reino Unido, 16 de diciembre de 1917 -
Colombo, Sri Lanka, 19 de marzo de 2008. Párrafo del capítulo “La Edad de Oro” en Childhood's End
–El fin de la infancia-, 1953, 1990 con modificaciones en el capítulo inicial
-2000, por ejemplo, para una edición en castellano-.)
Y, sin embargo, los mecanismos apuntados para
el control masivo de las conductas
humanas señalaban una línea atinada, aunque errasen tal vez al señalar el instrumento falaz de dominio (por
ejemplo, el conductismo skinneriano).
De hecho, como bien preveía el propio Arther
C, Clarke, los saberes que fueron
derivando instrumentos de máxima eficacia
en el control de comportamientos colectivos e individuales pronto se fueron
haciendo mucho más sutiles... Y simbólicos.
El poder
que sobre las actitudes de las grandes
masas podía tener el control de los
flujos de comunicación a través de las grandes
industrias culturales capaces de determinarlos, pronto fue descubierto y
desarrollado.
Y así estamos... A merced de las cosmovisiones y las representaciones sociales más convenientes para los intereses de los amos del mundo, que
confían en que su esfuerzo económico
en esa ingente producción comunicativa se vea compensado con la generación de imaginarios colectivos manejables (por
ejemplo, derivando los problemas y
posibles conflictos de identidad hacia el consumo como ámbito único
para manifestar la diversidad en libertad), que puedan contribuír a un “correcto”
aprendizaje de la
sumisión.
Pero, claro, en los casos en los que la cosa
no sale como se espera y hay aprendices todavía capaces de cierta rebeldía, aún les quedan las porras y las togas....
Nacho Fernández del Castro,
28 de Septiembre de 2013
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