«Un hallazgo.
Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.»
Este relato, episodio, experiencia—como ustedes quieran llamarlo— fue narrado en la década de los cincuenta del pasado siglo por un hombre que, según su propia confesión, tenía en esa época sesenta años. Sesenta años no es mala edad a menos que la veamos en perspectiva, cuando, sin duda, la mayoría de nosotros la contempla con sentimientos encontrados. Es una edad tranquila; la partida puede darse casi por terminada; y manteniéndonos al margen empezamos a recordar con cierta viveza qué estupendo tipo era uno. He observado que, por un favor de la Providencia, muchas personas a los sesenta años empiezan a tener de sí mismas una idea bastante romántica. Hasta sus fracasos encuentran un encanto singular. Y, desde luego, las esperanzas del futuro son una buena compañía, formas exquisitas, fascinantes si quieren, pero —por así decirlo— desnudas, prontas para ser adornadas a nuestro antojo. Las vestiduras fascinantes son, por fortuna, propiedad del inmutable pasado, que sin ellas estaría acurrucado y tembloroso en las sombras.»
(Józef Teodor
Konrad Korzeniowski, más conocido como Joseph CONRAD;
Berdyczów,
entonces Polonia –Ucrania hoy-, 3 de diciembre de 1857 –
Bishopsbourne, Inglaterra, 3 de agosto de 1924.
“The inn of the two
witches” –“La posada de las dos brujas”- en Within the tides
–Dentro
de las mareas-, 1913 -2006 para la edición en castellano, titulada
La
posada de las dos brujas y otros relatos-.)
¡Ah!,
pero la llegada a la postmadurez (o
la entrada en la prevejez, si se
prefiere) supone, con una vida
inevitablemente (para bien o para mal) hecha por detrás y la esperanza desnuda de un tiempo abierto
por delante, esa tranquilidad que nos
sitúa un poco al margen del mundo y sus
avatares, con la toma de perspectiva
suficiente para analizarlo y proponer
mejoras (ajenas, claro, al recetario
neoliberal).
.Es,
sin duda, el tiempo en el que el pasado,
nuestro propio ayer, se redecora con embrujo
romántico para sentirnos ya mejores, afirmados en nuestro propio ser y estar por el ornamento con el
que abrigamos lo que fue, dotándolo de calor y ternura hasta en los reveses
y descalabros... El tiempo, sin embargo, en el que, entre “lamentos de boca
pequeña” por un hoy que no ha
heredado esos ropajes, nos negamos a vestir a
priori un mañana que queremos despojado y claro para poder adornarlo (y, en la medida de lo
posible, vivirlo) a nuestro antojo.
Uno,
un poco anticipadamente por sus quebrantos
de la mirada, camina hacia ese tiempo... Y ¡a fe que no parece mala época!.
Aunque
siga con la decidida voluntad de ser y
estar en el mundo.
Nacho Fernández del Castro, 1 de Marzo de 2013
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