«La humanidad ha entretejido
complicados mitos acerca de la variabilidad humana. Nos sentimos orgullosos de
nuestra singularidad como personas, y nos deleitamos con la idea de que no hay
otra persona igual, de que somos la única persona en el mundo entero que reúne
determinada combinación de características. Debe haber alguna razón psicológica
o filosófica fundamental que explique ese insistente afán por demostrar
nuestras características distintivas.
Y, sin
embargo, este afán de singularidad paradójicamente va acompañado de un interés
igualmente intenso de pertenecer a un grupo y de compartir valores, formas de
vida y otras características que hacen que podamos pertenecer a determinado
grupo. Es así como nos sentimos más a gusto cuando estamos unidos a un grupo,
bien sea religioso, en el que todos elevamos a Dios las mismas oraciones, o
dentro de un marco social, en el cual preferimos vestirnos como los demás,
comer como los demás, admirar el arte y la música que otros admiran, etc., más
bien que creer y vivir de acuerdo con nuestra propia y única religión, vestir,
comer, etc. de manera distinta a los demás. A este respecto, creemos, igualmente, que debe haber profundas
razones psicológicas y filosóficas que expliquen ese afán nuestro por
identificarnos con uno o más grupos claramente definidos.»
(Benjamin BLOOM; Lansford,
Pensilvania, Estados Unidos, 21 de febrero de 1913
– Chicago, Illinois,
13 de septiembre de 1999. “La naturaleza humana y el aprendizaje escolar : La
naturaleza del hombre y de la mujer” en Human
Characteristics and School Learning -Características humanas y aprendizaje escolar-, 1976 -1977 para la edición en castellano-.)
Con
las contradicciones propias de la
adolescencia (al fin y al cabo por ahí anda la especie desde un punto de
vista filogenético) sólo nos sentimos
esencialmente valiosos cuando somos reconocidos como inequívocamente irrepetibles
dentro del espectro de la variabilidad humana; pero, al mismo tiempo, sólo
nos sentimos socialmente amparados cuando
formamos parte de uno o varios colectivos con hábitos y actitudes comunes generadores
de identidad colectiva.
Nos
satisface pensar que tenemos una sensibilidad
o una combinación de cualidades radicalmente
únicas tanto como gozamos al sentirnos parte de un grupo étnico, de un
barrio, de un club deportivo o de un movimiento social. Queremos ser un yo inequívoco tanto como integrarnos en identidades de adscripción más
o menos voluntaria.
Y
con esa paradójica dualidad se topa,
en el nivel ontogenético, la escuela... De hecho, de su capacidad
para gestionarla y enfrentarse a los conflictos
puntuales que deriva dependerá, en buena medida, la contribución institucional, en el origen de la socialización secundaria, a un mejor equilibrio personal de las gentes de las generaciones futuras. Porque
un manejo de esos conflictos falto de
pericia derivará irremediablemente en algún tipo de desquiciamientos del yo o del nosotros.
Es
decir, en alguna forma de mitología
subjetivista o de fundamentalismo
identitario.
Nacho Fernández del Castro, 10 de Enero de 2013
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