«¿Dónde estuvo mi equivocación?... Quizás en confundir la literatura con
la vida.»
(Felicidad BLANC BERGNES DE LAS CASAS; Madrid, 1913 –
San Sebastián, 1990. Espejo de sombras, 1977.)
A veces puede ser mucho más satisfactoria, como
cuando disfrutamos de los paisajes agrestes o de las callejuelas y plazas de
una narración que, al pisarlos realmente, nos defraudan.
A veces puede ser mucho más terrible, como cuando
nos sumimos en la tiniebla gótica que envuelve la recreación novelada de unos
hechos que, habiéndolos vivido, no sentimos, en su momento, tan espeluznantes.
Pero, claro, la
literatura no es nunca la vida.
Nos hace latir
y emocionarnos como la vida, pero
no lo es.
¿Quién cambiaría las mil más hermosas historias de amor
por una sola mirada cómplice, por una caricia fugaz, por un simple instante en
el que se siente que otro ser cierra para nosotros un espacio de dicha que nos
aísla del mundo?...
¿Quién puede pensar, siquiera, que el desgarro por
la pérdida de un ser querido puede asimilarse, aún de lejos, a las punzadas de
dolor provocadas por las mejores narraciones de los hechos más lúgubres?.
No, definitivamente, la literatura no es la vida.
La literatura puede mejorarnos y
enriquecernos la vida, puede ayudarnos a soportarla, puede incluso salvarnos de
muchas cosas y en muchos aspectos... Pero no
es la vida.
La vida
está fuera del papel impreso, en esas calles donde los adoquines lastiman
nuestros pies, en esos paisajes desolados por la especulación, entre esas
gentes sometidas al oprobio globalizado...
Allí donde también hay, todavía, gozos,
belleza y dicha para sentir directamente, sin intermediarios.
Confundir
literatura y vida es un principio de locura o un
ejercicio cínico de “mirar para otro
lado”.
Nacho Fernández del Castro, 15 de Enero de 2013
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