«—Supongo que no hablarás en serio. —La voz de Teresa se
hizo doctoral—. No irás a decirme que nunca te has formulado ciertos
principios, no serás tan cínico, supongo. Culpa del viejo, de acuerdo, pero hay muchas maneras de hacer las cosas y...
Él la miró acercando el rostro por encima de la mesa, con el ceño
fruncido (dos arrugas suaves, imprecisas, apenas dibujadas, aparecieron de
pronto en lo alto de su frente morena y le prestaron un mórbido vigor mental,
una potestad que tal vez no tenía: ventajas de la belleza). Teresa pudo
calibrar también, debido a la proximidad del rostro, la perfección amarga de la boca, la extraña dureza de las
comisuras.
Manolo la interrumpió para decir:
—Un momento, un momento. Vamos a ver. Yo sólo conozco una manera de hacer
las cosas: hacerlas bien. Y este señor me ha
manchado y me ha quemado, y las mujeres a veces, perdona, pero las
mujeres sois unas bledas. Ya sé que es un pobre viejo, pero ¿es que no puede uno quejarse?.
—En cierto modo, no —y brotó al fin de aquellos labios de fresa,
anhelante espuma rosada donde siempre, siempre se ahogaría la conspiración, una
fórmula que al Pijoaparte había de
resultarle reveladora—: Cuando se tiene conciencia de clase, no, Manolo.
El joven del Carmelo notó un frío por dentro (“¿tan mal vestido iba hasta
hoy?”, fue lo primero que pensó, y en seguida: “¡De modo que se trata de
eso!. ¿Adónde iremos a parar,Manolito?. Pero
calla y sigue haciéndote el longuis”). Teresa estaba hablando:
—...y es por ahí por donde habría que empezar, por el trato, estas son
las cosas que de verdad importan, y no el que
una se deje besar en un portal. Pero todo está por hacer en este país, todo está patas arriba, incluso en la
oposición, como dice María Eulalia...
—¿Quién?.
—Una amiga de la Facultad.»
(Juan MARSÉ
CARBÓ; Barcelona, 8 de enero de 1933. Diálogo entre
Teresa y Manolo, el Pijoaparte, en
Últimas tardes con Teresa, 1966.)
Pero,
al final, lo sabemos, no es el “juego de clases” una cuestión de buenas o malas
voluntades...
Teresa
nunca robaría una moto para irse a un baile porque nunca ha necesitado hacerlo...
Nunca abroncaría a un viejo camarero por su torpeza porque siempre ha sabido
que la condescendencia con los inferiores
es uno de los privilegios de su condición
social (y, ¿por qué no?, tiene además eso que se suele llamar “buen corazón”).
Manolo
nunca se ha planteado la necesidad de ser solidario
con sus iguales porque, lumpen al
fin y acostumbrado a sobrevivir a salto
de mata, sabe que lo que quiera tener en cada momento debe conseguirlo con
sus manos... Nunca ha sentido el “orgullo de clase” porque para salir adelante
siempre ha visto que lo más conveniente era usar sus ventajas físicas y
camuflar de la mejor manera su condición
social.
Pero,
sin embargo, no es esa, más allá de la anécdota individual, una historia de buenas y malos, sino de justicias
e injusticias, de estados de cosas determinantes de que,
por nacer donde han nacido, Teresa vaya a ser una universitaria con un
excelente futuro, mientras Manolo está condenado de por vida a moverse entre el
lumpen barcelonés.
Por
desgracia, las enseñanzas de esa vieja historia de la sociedad franquista aún tienen la misma relevancia aquí y ahora, en
esta pseudodemocracia... Basta leer con atención, por ejemplo, los datos estructurados por clases o niveles de
ingreso familiar del fracaso escolar
para darse cuenta de que el propio sistema
educativo sigue actuando, tal y como ya denunciaba Pierre Bordieu en 1971 (La Reproduction.
Éléments pour une théorie du système d’enseignement), como un mecanismo
básico de reproducción social, o sea,
como uno de los mecanismos esenciales que hacen del nacimiento un certero determinante
de la futura posición social... Y,
¿qué le vamos a hacer?, nuestro concepto de la justicia social nos exige que, por muy bien que nos caiga Teresa, debamos
estar al lado del Pijoaparte.
Nacho Fernández del Castro, 10 de Febrero de 2013
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