«Nos vamos a calar hasta los huesos. ¡Vaya un
chaparrón!. ¡Quién lo hubiese esperado,
con una noche tan serena cuando salimos de casa!. Pero ¿en qué estará pensando Freddy?. Ya han pasado por lo
menos veinte minutos desde que se fue en
busca de un coche.»
(George
Bernard SHAW; Dublín, 26 de julio de 1856 – Ayot St. Lawrence, Hertfordshire,
2 de noviembre de 1950; Premio Nobel de
Literatura 1925, Oscar al Mejor Guión
1938 por Pigmalión.
Queja de la hija con
la que se inicia Pygmalion -Pigmalión-, 1913 –edición castellana,
entre otras, de 1951-.)
Es
un mal principio... “Nuestro chaparrón”, el chaparrón que a nos empapa, tiene
responsables con nombres y apellidos: hay unos dioses tonantes, alejados del mundo
en sus cielos particulares desde los
que lo controlan todo a su antojo, que han conjurado las nubes para que viertan
toda el agua aquí y ahora, y, además, nos hacen ceder impermeables y paraguas
para garantizar su mayor comodidad; hay unos supuestos expertos en meteorología que no supieron interpretar las isobaras
para prevenir lo que se nos venía encima; hay unos especialistas en
arquitecturas eficientes e impermeabilizaciones varias que no pudieron ni
quisieron garantizar a tiempo nuestra adecuada protección... Nosotros mismos, aún
sabiendo que ahí estaba la amenaza, salíamos cada día alegremente desprevenidos
como si alguien fuese a arbitrar un aplazamiento eterno.
Y,
ahora, que ya empezamos a estar calados hasta los huesos, en vez de unirnos
para buscar entre todos las mejores protecciones, seguimos esperando por algún
Freddy que se apure a traernos un coche en el que, al menos nosotros (¡cada cual que se busque la vida!),
podamos encontrar refugio...
Y
mientras la lluvia sigue, con su amenaza universal de que, cuando amaine, se
perpetúe su lúgubre siembra de fiebres, gripes y neumonías...
Pero
aquí seguimos... Aguantando el chaparrón.
Nacho Fernández del Castro, 24 de Febrero de 2013
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