«No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o
pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico
o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas.»
(Miguel de UNAMUNO Y JUGO; Bilbao, 29 de septiembre de 1864
– Salamanca, 31 de diciembre de 1936. Afirmación en
el “Capítulo 1: El hombre de carne y
hueso” en
Del sentimiento trágico
de la vida en los hombres y en los pueblos, 1913.)
No
es que mis ideas, en su modestia,
sean pesimistas o me hagan, en cuanto
a cogito, en mi condición de ser (mejor o per) pensante, pesimista. Es, más bien, que, no encontrando razones en eso que llamamos
realidad para fundar un mínimo
optimismo, no podemos sino adoptar un cierto “pesimismo metodológico o prudencial”.
O,
para decirlo con las palabras de José Saramago, “no es que uno sea pesimista,
sino que es el mundo el que es pésimo”.
En
cualquier caso, si, desde ese pesimismo
prudencial, seguimos vertiendo ideas,
por muy endebles y precarias que estas sean, es porque, seres del límite al fin, no podemos hacer otra cosa... Porque sentimos como un deber inexcusable pensar el
mundo y, tras realizar calas en él, pergeñar ideas tentativas y procedimentales que pudieran contribuir a
mejorarlo,
a hacerlo más habitable para toda persona,
a reconfigurarlo desde razones humanas
que releguen el mero cálculo economicista o la instrumentalización
tecnologicista...Porque el pesimismo
metodológico, en suma, sólo parte de la crítica
política al mito de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles” para
situarse en la búsqueda de las condiciones
de posibilidad para mejorar la vida... Aquí y ahora.
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