«[Tiene] ese carácter
fronterizo del hombre, pues, una posible expansión ética; y puede tener,
también, un impulso filosófico que permita reflexionar sobre nuestra condición
cívica, política. En nuestra época esa reflexión es necesaria ya que nos hallamos
zarandeados por falsos universalismos (como lo que ciertas formas economicistas
o tecnológicas de "globalización" proponen) y por irredentos e
irritantes particularismos (como los que ciertos modos de integrismo religioso
o nacionalista disponen).»
(Eugenio TRÍAS SAGNIER; Barcelona, 31
de agosto de 1942 –10 de febrero de 2013.
No
sólo porque nos enfrenta ontológicamente
con la evidencia del no-ser, de la nada, no sólo porque nos obliga a reconocernos como una endeble e
inestable no-nada; sino y acaso sobre todo, porque nos invita a mirar el mundo desde esa condición de habitantes del límite.
Una mirada que, en su consciencia fronteriza,
acabará por llenarse de voluntad
valorativa, de proyección ética.
Es
más, la plena consciencia de habitante de
la frontera es, en sí misma, un impulso
filosófico que, desbordando las reflexiones sobre la propia condición humana, necesitará manifestarse prácticamente como pensamiento crítico sobre la ciudadanía
(más referida a la civitas que a la urbs). Es decir, desarrollar una crítica política del aquí y del ahora, reivindicando la frontera, el límite como
condición frente a los psedouniversalismos
falaces de la mundialización capitalista
y los particularismos excluyentes de
tantos integrismos religiosos o
nacionalistas en los que se disuelve el ser
propio de cada
persona... Tarea urgente, pues, de “rearme ontológico” frente a la disolución economicista, tecnologicista
o sectaria de la humanidad: poner las condiciones
de posibilidad (habilitando los tiempos y espacios adecuados) para que cada
cual tome conciencia de su condición fronteriza de ser ante la nada. Una propuesta que,
desde luego, es el legado más valioso de Eugenio Trías.
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