«Cuando se
pierde la pasión, hay que decir adiós, tranquilamente, y qué
mejor ocasión que el Premio que me da el Festival
de Málaga.»
(Alfredo
LANDA ARETA; Pamplona, Navarra, 3 de marzo de
1933 - Madrid, 9 de mayo de 2013. Párrafo
del Discurso de
agradecimiento al recibir el Premio
especial Décimo Aniversario del Festival de Cine Español de Málaga, 15-3-2007.)
Construir ese estereotipo en tiempos de vacas
flacas, ausencia de libertades y precariedad creativa, hasta dar nombre a
un subgénero de la comedia de enredo (el landismo que desborda su propia y prolífica
presencia en los repartos entre 1966 y 1978) con una dignidad interpretativa muy superior a los subproductos a los que
servía, no es menor hazaña.
Y ambas cosas las hizo Alfredo Landa que,
tras unos inicios de meritorio en el reparto de joyas como Atraco a las 3 de (1962) José
María Forqué o El verdugo (1963)de Luís García Berlanga, fue prolongando una carrera de gran éxito popular y escasa calidad artística al servicio de la
mirada de Pedro Lazaga (¿Qué hacemos con los hijos?, 1966,
por ejemplo), José María Forqué (Las que tienen que servir, 1967, por
ejemplo), Javier Aguirre (Los que tocan el piano, 1967, por
ejemplo), José Luís Sáenz de Heredia (Pero, ¿en qué país vivimos?, 1967,
por ejemplo), Manuel Summers (¿Por qué te engaña tu marido?, 1968,
por ejemplo), Tito Fernández (No desearás al vecino del quinto,
1970, por ejemplo), Fernando Merino (Los días de Cabirio, 1971, por
ejemplo), Vicente Escrivá (Aunque la hormona se vista de seda,
1971, por ejemplo), Luís M. Delgado (Guapo heredero busca esposa, 1972,
por ejemplo), o Mariano Ozores (Fin de semana al desnudo, 1974, por
ejemplo)... Y asentando un imaginario del
varón español medio bajito, moreno, con alopecia progresiva y una forma de mirar el mundo (y las mujeres) a medio
camino entre la chulería y la represión que lo hacen bastante impresentable y cargante pero, en el fondo (a veces, muy en el fondo), eso que se
llama “buena gente” (el propio Landa, en plena recogida de premios tras la
retirada y un poco crecido en su propio personaje, diría al recibir el Premio Especial del Décimo Aniversario del
Festival de Málaga en 2007, que se sentía orgulloso del landismo, al que había aportado una
media de media decena de películas por año durante casi veinte, porque "no hay nadie que haya dejado algo tan
importante como una forma de ser, de actuar y de ver la vida").
Y, sin embargo, El puente (1976) de Juan
Antonio Bardem supuso un cierto punto de inflexión en sus personajes, al
incorporar elementos dramáticos de gran eficacia, que se completaría con la ironía azconiana que plasmada en
pantalla por Augusto M. Torres (El pecador impecable, 1987)... Así
que se convertiría en un actor fetiche
para las nostalgias de José Luís Garci (con ejemplares interpretaciones en El
crack, 1981, y El crack II, 1983, que se prolongan
por Las
verdes praderas, 1979; Canción de cuna, 1994;
Historia de un beso, 2002; Tiovivo c. 1950, 2004; o, su última
película, Luz de domingo, 2007) o la magia de José Luís Cuerda (El
bosque animado, 1987; La marrana, 1992), sus dos Goyas a la Mejor Interpretación
Masculina Protagonista. Interpretando, además, personajes inolvidables a
las órdenes de directores como Antonio Mercero (La próxima estación,
1981), Mario Camus (Los santos inocentes, 1984), Basilio Martín Patino (Los
paraísos perdidos, 1985), Luís García Berlanga (La vaquilla, 1985), Pedro
Olea (Bandera negra, 1986), José Luís Borau (Tata mía, 1986), Francesc Betriu (Sinatra, 1988), Antonio
del Real (El río que nos lleva, 1989), Manuel Gutiérrez Aragón (El
rey del río, 1995), o Miguel Hermoso (La luz prodigiosa, 2003)...
Así que se convirtió en una presencia constante en el Goya a la Mejor Interpretación
Masculina Protagonista (además de los dos recibidos, fue nominado por sus
trabajos de 1988, 1989, 1994, 2003 y 2007). En 2007 recibió también el Goya de Honor por su carrera y, en el
intento de discurso de agradecimiento, se vieron los primeros síntomas públicos
de un deterioro personal que lo llevaría, entre otros problemas, a asumir la cargante
y retrógrada personalidad de su personaje
del landismo, hecho aprovechado por la caverna
mediática para adularlo y pasear su declive por las ínfimas tertulias y
entrevistas de las cadenas más ultra.
Pero, más allá de la tristeza del largo adiós, quedan sus proezas y hazañas de intérprete
que supo transmitir pasión y verdad en la penuria y la gloria... Y supo dejar
de hacerlo cuando esa pasión (y las fuerzas) comenzaron a fallarle.
Nacho Fernández del Castro, 10 de Mayo de 2013
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