«-No tengo dinero -dije.
Me dí vuelta los bolsillos y se los mostré. El negro se largo a reír como si fuera el mismísimo dueño del mundo, y me dijo que pasara y me sentara cómodamente e hiciese igual como si estuviese en casa, y yo le agradecí, y el negro se fue riendo todo el camino, hablándome cosas ininteligibles y oteándome de cuando en cuando por el espejo retrovisor, y jajajeándose más fuerte cada vez que lo hacía, hasta hacerme reír y hacer reír a un obrero situado en el asiento posterior al mío, que inició un dialogo entre carcajadas con el chofer, que lo hizo reír a éste más fuerte, y al ver tanta risa, yo que soy más tentado que Juan Maula, me largué a reír con esa risa que a veces da sin que podamos controlar, expresando la satisfacción por el mundo y ese estado de beatitud manifiesto en el pichí que se te cae por dentro de los pantalones y que tratas de evitar apretando los músculos, pero que no lo conseguirás, porque tu alma entera se está volcando, y lo único que cabe hacer, es llamar a todo eso como uno sabe que se llama, y orinar a pata tendida, como un honesto ciudadano.»
Me dí vuelta los bolsillos y se los mostré. El negro se largo a reír como si fuera el mismísimo dueño del mundo, y me dijo que pasara y me sentara cómodamente e hiciese igual como si estuviese en casa, y yo le agradecí, y el negro se fue riendo todo el camino, hablándome cosas ininteligibles y oteándome de cuando en cuando por el espejo retrovisor, y jajajeándose más fuerte cada vez que lo hacía, hasta hacerme reír y hacer reír a un obrero situado en el asiento posterior al mío, que inició un dialogo entre carcajadas con el chofer, que lo hizo reír a éste más fuerte, y al ver tanta risa, yo que soy más tentado que Juan Maula, me largué a reír con esa risa que a veces da sin que podamos controlar, expresando la satisfacción por el mundo y ese estado de beatitud manifiesto en el pichí que se te cae por dentro de los pantalones y que tratas de evitar apretando los músculos, pero que no lo conseguirás, porque tu alma entera se está volcando, y lo único que cabe hacer, es llamar a todo eso como uno sabe que se llama, y orinar a pata tendida, como un honesto ciudadano.»
(Esteban
Antonio SKÁRMETA VRANICIC; Antofagasta, Chile, 7 de noviembre de 1940. Final del cuento
“La Cenicienta en San Francisco” en El
entusiasmo, 1967.)
Nacho Fernández del Castro,
13 de Mayo de 2013
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