«Mucho se nos ha repetido que la anarquía no es democracia ni
el libertinaje es libertad; pero haría falta también repetir con la misma
insistencia que tampoco la legalidad es derecho ni el orden es paz. [...] La
paz significa mucho más que la ausencia de guerra. Se trata de un valor
positivo; por lo tanto es la guerra la que debe definirse a partir de la paz, y
no al revés. Esta inversión lamentable daña también el concepto de
no-violencia, expresión que, por negativa, algunos de sus partidarios han
abandonado ya. [...] Luther King murió por la justicia renunciando a toda
violencia, Camilo Torres murió por el mismo ideal con las armas en la mano; lo
que importa no es lo que los distingue, sino lo que los identifica, de la misma
manera que Goya y Picasso nos gustan no por lo que tienen de diferente, sino por
lo que tienen de parecido, es decir, por lo que ambos tienen de genial.
También, cuando se trata de la colaboración de creyentes y no creyentes en la
lucha por un mundo nuevo, lo que importa es precisamente lo que unos y otros
tienen de común. En «Barjona» cuenta Sartre la huida de Jesús a Egipto,
introduciendo en su relato a un bandolero valeroso que muere batiéndose contra
los soldados de Herodes para salvar la vida del Niño. Lo que importa es aquello
que unifica los comportamientos de Barjona y de José de Nazaret, ya que la
lucha armada de aquél no fue menos necesaria que los pacíficos cuidados de éste
para conseguir que Jesús sobreviviera. La raya de separación, pues, no hay que
establecerla entre creyentes e incrédulos, sino entre explotadores y explotados,
raya que pasa por medio de las Iglesias lo mismo que por medio de las naciones.»
(José María
CABODEVILLA SÁNCHEZ; Tafalla,
Navarra, 18 de marzo de 1928 - Hogar Sacerdotal de
San Pedro, Madrid, 17 de
febrero de 2003. Feria de utopías: estudio sobre la felicidad
humana, 1974.)
Por eso, quienes no quieren o no pueden consumir (la gran mayoría de
este mundo, de esta sociedad), no pueden ni deben andarse con sectarismos
que faciliten los ufanos desprecios de los dueños del cotarro y las
arbitrariedades y tropelías de sus esbirros y testaferros.
Porque no cabe paz donde, ante la injusticia y la desigualdad
intolerables, el orden sólo puede ser impuesto manu militari...
Como no cabe serenidad o calma, cuando los desafueros
institucionales y la constante precarización de la vida se
convierten en la más pertinaz y sorda de las violencias.
Aquí y ahora la división del mundo y la sociedad está en la
brecha que separa los más, a quienes sólo les toca sufrir y casi nada
tienen, de los menos, a quienes siempre va bien porque todo lo tienen y
lo pueden.
O sea, un clásico... Al fin y al cabo, se trata de la quiebra entre quienes
pueden explotar recursos y personas (y lo hacen derribando cualquier traba)
y quienes padecen esa explotación y las consecuencias de la dilapidación de
los recursos naturales en un tiempo de oprobio globalizado.
Nacho Fernández del Castro,
14 de Mayo de 2013
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