«El otro día un caballero me
estaba contando sobre un caso de providencia especial. Él lo conocía. Había
sido partícipe de él. Hacía unos años, estaba por subir a un barco cuando resultó
demorado. No fue, y el barco se perdió con todos los que estaban a bordo.
'¡Sí!', dije yo, '¿Cree usted que la gente que se ahogó creía en la
providencia?'.
Pensemos en el infinito egoísmo de tal doctrina. He aquí un hombre que se
salva de subir a un barco de quinientos pasajeros y ellos se van al fondo del
mar; padres, madres, niños, y amorosos esposos y esposas esperan en las costas.
¡He aquí un pobre diablo que no fue! Y él cree que dios, el Ser Infinito,
interfirió en su pobre y reseca vida a su favor, y dejó que todos los demás
murieran.
Esto es providencia. ¿Por qué la
providencia permite todos los crímenes?. ¿Por qué son protegidos los
golpeadores de mujeres, y por qué las esposas y niños quedan indefensos, si la
mano de dios está sobre todos nosotros?. ¿Quién protege a los locos?. ¿Por qué
la providencia permite la locura?. Pero la Iglesia no puede renunciar a la providencia. Si
tal cosa no existe, no sirven las plegarias, ni la adoración, ni las iglesias,
ni los sacerdotes.»
(Coronel Robert
Green INGERSOLL; Dresden, New York, Estados Unidos, 11 de agosto de 1833 –
Dobbs Ferry, New York, 21 de julio de 1899. Orthodoxy, 1884.)
La providencia divina tiene demasiado buena
prensa... Cuando el buen creyente cae en cualquier infortunio, “¡Dios proveerá!” le dicen y se dice
para sí, y se queda tan tranquilo.
El problema es siempre la arbitrariedad... Porque, si el buen
creyente (cualquier buen creyente) tiene la ventura de superar el mal trago,
¿por qué él sí y tantos otros, con fe similar o aún superior, no?.
¿Acaso sufrían menos los judíos más piadosos
en los hornos crematorios de los nazis?, ¿fue menos dolorosa para los judíos y
musulmanes del siglo XV la expulsión de España?, ¿el bestialismo del Obispo San
Cirilo y sus acólitos, torturando hasta la muerte a Hypatía de Alejandría, fue
castigado con calamidades sin cuento por la divina
providencia?...
Y, claro, ¿qué dios sería el que reparte sus
provisiones en forma de premios y castigos arbitrarios, más allá de las
conductas mismas de quienes reciben la gracia o la pena?.
Así pasa con nuestros gobernantes,
testaferros ufanos de los nuevos dioses, amos del mundo, reparten sus premios
arbitrariamente (por ejemplo, en forma de ostentoso catering para toda persona
que, por lo que sea, acompaña al Presidente en sus vuelos, o en forma de plaza
de tertuliana en la televisión pública para la esposa de algún ministro), lo
mismo que sus castigos (por ejemplo, lanzando pelotas de goma en la Estación de Atocha para
controlar manifestaciones en torno al Congreso de la Carrera de San Jerónimo, o
ejemplo, golpeando y vejando a cualquier periodista con una cámara que puede
captar escenas inconvenientes)... Pero no, ahora lo veo claro: como no son dioses, sino intermediarios de la divinidad real (¿una especie de héroes clásicos, mezcla de dioses y humanos?), no se pueden permitir la arbitrariedad divina, y premian sistemáticamente
las
fidelidades inquebrantables,
castigando de igual modo todo atisbo de humana
disidencia.
Y, es que, claro, ¿qué puede saber la torpe ciudadanía de los asuntos de dioses y héroes?.
En cualquier caso, yo (escéptico y descreido
que es uno) no me fío de la divina
providencia ni de sus “héroicos
intermediarios”.
Nacho Fernández del Castro, 26 de Septiembre de 2012