(Ramón DURÓN RUÍZ; Ciudad Victoria, Tamaulipas, México, 1956. El Filósofo de Güémez, 2008.)
Y,
como ya no nos vale aquello de “el que
vale, vale; y el que no, a Ensidesa (o cualquier otra vieja empresa de los
sectores básicos con trabajos industriales duros a tres turnos)” porque
cualquier trabajo más o menos estable en una compañía más o menos consolidada
parece hoy un sino venturoso, y, en cambio, tenemos la experiencia repetida de gestiones empresariales y políticas que
nos han llevado colectivamente a la ruina, parece más justo atribuir esa carencia de saberes a gestores tan
nefastos.
Ahora
bien, eso es un síntoma de los tiempos...
Pero, en realidad, ¿cómo y por qué llega quien no sabe a gestionar y dirigir
aquello de lo que nada (o muy poco) sabe (más allá, probablemente, de algunos
prejuicios ideológicos)?.
La
cosa es bastante sencilla, la gestión (también en la gran empresa, pero, sobre
todo, en la política) es un ejercicio de representación...
Una representación en casi todos sus
sentidos: porque quienes asumen la gestión son meros comisionados para la defensa puntual de los intereses de sus amos que funcionan entre bambalinas, porque interpretan un espectáculo (cómico algunas veces, trágico con frecuencia, casi siempre patético) para la distracción (alienante) del personal, y porque son el símbolo o muestra evidente de su negocio
(e, indirectamente, del final de una época en la que aún se apreciaba la tarea hecha con rigor y fundamento).

Nacho Fernández del Castro,
30 de Noviembre de 2013