«En lo que no pensó jamás el doctor Alegre fue en los estragos que
Stanley Black y su versión de Siboney estaban haciendo en su hijo,
allá arriba, en su dormitorio. Con los primeros compases, Carlitos
había sentido algo sumamente extraño y conmovedor, explosivo y
agradabilísimo, la sensación católica de un misterio gozoso, quizás,
aunque la verdad es que demasiado cálida y veraniega como para
ser tan católica. Y además a Carlitos se le cayó el rosario, pero ni
cuenta se dio, o sea, el colmo en él. Y con mayor intensidad aún
sintió la palabra fiesta vagando perdida por el jardín florido e
iluminado que imaginaba allá afuera, esperando la alegría de los
invitados de sus padres, bronceados, profesionales, cultos, viajeros,
discretos y sumamente simpáticos, casi siempre. Siboney ya había
terminado, pero él continuaba sintiendo algo demoledor, tirado ahí
en su cama, ignorando siempre que lo suyo tenía que ver mucho más
con el ardor de estío que con el fervor de la iglesia parroquial de San
Felipe. Y sólo atinó a rascarse la cabeza al ver exacta la puerta de
calle que no había logrado cerrar y, entrando por ella, ella.»
(Alfredo BRYCE
ECHENIQUE; Lima, Perú, 19 de febrero de 1939. Fragmento del “Capítulo Primero”
de El huerto de mi amada, 2002.)
Superada, acaso, la fe en cualquier ente
supramundano; desvaída, tal vez, la voluntad
de vivencia religiosa; distraída,
quizá, la atención de todo dogma; separada ya, probablemente, la actitud del culto a la personalidad, podremos, sin duda, percibir nuestros propios paraísos
(terrenales), sentir nuestros propios
placeres (mundanos), luchar por nuestros propios anhelos (posibles)... Y, desde luego,
podremos hacer todo ello desacralizando símbolos;
reconfigurando su sintaxis, su semántica y, sobre todo, su pragmática para
hacerlos nuestros, para “colectivizarlos”
de otros modos, para hacerlos, simplemente, signo
de retos comunes y necesarios con independencia de su origen y condición. ¿No
es acaso la paloma, esa especie de
rata voladora, el símbolo de la paz?,
¿alguien le ha preguntado a los gusanos si están de acuerdo?.
Liberados a cualquier representación personalizada, los símbolos deben ser utilizados con libertad como expresión de lo que nos es común, de lo que puede ser capaz de aglutinarnos, de lo que nos
mueve en aras de una lucha compartida,
de la defensa de unos derechos... O
de la alegría, también compartida, de una fiesta mecida por los cálidos acordes
de Siboney. Porque no hay que tener miedo tampoco a frivolizarlos.
Nacho Fernández del Castro, 25 de Abril de 2012