«En una ocasión uno de nosotros oyó a mamá
preguntarle a papá cuándo había sido más feliz en su vida y a papá contestarle “cuando los niños eran chicos”, lo que
equivalía a decir cuando vivía toda la familia junta en la otra casa, aunque
desde muy chicas las mujeres de nosotras en donde en realidad vivieron fue en
la casa de los papás de mamá, precisamente en el cuarto en el que ahora viven
papá y mamá y que, sobre todo para papá, es prácticamente toda su casa.»
(Bárbara JACOBS; Ciudad de
México, 19 de octubre de 1947. Las hojas muertas, 1987.)
Por
eso la felicidad es un mito, porque casi siempre la situamos
allí donde resulta inalcanzable, inaprensible, irrecuperable. La niñez sueña
con una adolescencia de pantalones largos o faldas cortas, la adolescencia con
una mayoría de edad de libre albedrío, la mayoría de edad con una madurez con
poder adquisitivo... Y, a partir de aquí, como queda dicho, el proceso se
invierte.
Por
eso, también, prolifera la literatura de
autoayuda para alcanzar la felicidad...
Porque a nadie se le podrá reclamar cuando, inevitablemente, se compruebe que
para nada sirve: como diría Calderón de la Barca, “los
sueños, sueños son”. Y cada cual tiene los suyos propios.
Nacho Fernández del Castro, 6 de Mayo de 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario