«Si yo viviera en Francia, es
probable que comenzara a gruñir como un francés. Me irritaría la burocracia, me
deprimiría el éxito de la extrema derecha, no dejaría de sorprenderme la
supervivencia de algunos de sus políticos. Pero como no soy más que un amigo
que los visita de cuando en cuando, no tengo ninguna queja que presentar. Salvo
una: la dudosa calidad del Beaujolais
nouveau. Ni siquiera en Gran Bretaña se le bebe ya.»
(Julian BARNES; Leicester,
Gran Bretaña, 19 de enero de 1946. Something to
Declare –Algo que declarar-, 2002.)
Por
el contrario, a uno en su casa, en su ciudad o en su país debiera ocurrírsele contribuir
siempre con vehemencia (con esa vehemencia que es muestra inequívoca de que los
asuntos nos importan) a la voluntad
colectiva por mejorar las cosas, por eliminar cuantas costumbres menoscaban a alguien, por buscar las formas de vida más inclusivas, por encontrar las maneras
de organizarse más participativas
y solidarias.
Uno,
evidentemente, debe procurar vivir lo mejor que pueda procurando que cuantos le
rodean también puedan hacerlo así... Y debe ir acercando, en su voluntad de mejorar las condiciones de
posibilidad de la vida de cada cual, ese entrono a la humanidad misma... Eso sí, con la clara conciencia de que su lucha es
por unas condiciones universales de
posibilidad de la vida buena, y no por “una vida buena” prediseñada con carácter
universal. Sobre todo, porque esto último ya es lo que intentan, con gran éxito,
la publicidad y los mensajes homogeneizadores de los medios de comunicación social; y también
porque cada quien tiene todo el derecho a buscar y encontrar lo que,
particularmente, “le hace sentirse bien en la vida”.
Nacho Fernández del Castro, 3 de Junio de 2012
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