«El proceso que permitió a psiquiatras y psicólogos, hasta
entonces ferozmente divididos en escuelas, homogeneizar sus clasificaciones
debería ocupar un lugar destacado en la historia de la ciencia o, tal vez, del
fraude científico. En efecto, el DSM III constituye un cambio paradigmático
absolutamente excepcional, en la medida en que no surgió de un descubrimiento
científico o de una revolución teórica, sino de un proceso de votaciones y
consensos políticos en los congresos psiquiátricos norteamericanos: todo un
escándalo para la ciencia normal.»
(Guillermo
RENDUELES OLMEDO; Gijón, 1948. En “Viejos y nuevos locos”, parte de Pensar y
resistir
de varios autores, 2006.)
Sabemos
que ese mundo de los intereses no es
en absoluto ajeno al propio proceso de evolución
y construcción de la ciencia, pero bien cierto es que algunos principios asentados por esta, como el “sano escepticismo”, la contrastación pública de los resultados
o la neutralización del sujeto epistemológico,
parecen garantizar una cierta solidez de sus verdades, corroborada por sus aplicaciones
tecnológicas y su exitosa inserción
en la vida práctica cotidiana de la humanidad.
No
es que “hoy las ciencias adelanten que es una barbaridad” como decía la
zarzuela, ni tampoco que “cualquier
tiempo pasado haya sido mejor” según el tópico del eterno pesimismo ontológico. En realidad, la idea misma de progreso es totalmente mitológica,
un resto, barnizado por la
Ilustración, de la herencia
de la vieja confianza salvacionista
de San Agustín de Hipona... Pero entre el cuestionamiento de la creencia en un determinismo lineal del
progreso y la relativización global
de la ciencia media un salto mortal de necesidad.
Es
indudable que determinados intereses
económicos (acaso disfrazados como políticos)
han arrumbado líneas de investigación
que acaso prometían beneficios tan
universales que resultaban difícilmente rentabilizables en cuentas
corrientes concretas... Es más que probable que ello se haya hecho para
favorecer investigaciones de ámbito más restringido, pero fácilmente
convertibles en lucro. Así ocurre,
por ejemplo, aquí y ahora, con las ínfimas inversiones dedicadas a la lucha
contra las “enfermedades de la pobreza”
(como la malaria) frente al inmenso capital dedicado a hacer avanzar la
industria cosmética... Pero ello no descredita la medicina o la farmacología en
su capacidad para constituirse como conjunto
de acciones metódicas para la producción sistemáticas de verdades relativas a
la salud, aunque luego estas se distribuyan de forma desigual e injusta entre
distintas poblaciones y rincones del planeta.
Es
precisamente la irrupción de estos intereses
económicos (y bastardos) a priori
y a posteriori de los procesos de descubrimiento científico la que lleva a
que se desarrolle un cierto “sano
escepticismo” en las poblaciones ante la ciencia... Cuando el negocio
dirige el quehacer científico, la
propia ciencia pierde su sentido y, con él, su valor.
Nacho Fernández del Castro, 5 de Abril de 2013
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